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Publicado el 01-27-2012

Otro Aniversario de José Martí

Por Angel Cuadra


El 28 de Enero, un aniversario más de José Martí. Y es siempre oportuno detenerse en algunos aspectos de este hombre excepcional que, como todos los de su índole, siempre nos ofrece conceptos intemporales y nos refuerza valores imprescindibles para la convivencia de los hombres, en todas las sociedades, en todos los países; y siguen siendo útiles más allá del espacio y el tiempo en que les tocó vivir.

Es, sin duda, por eso que el gran poeta Rubén Darío, cuando le llegó la noticia de la muerte de Martí en el campo de batalla, desde Argentina comenzó el comentario de la misma con una exclamación: “Pero, oh maestro, ¿qué has hecho?” Y continuó: “Sí, americanos, hay que decir quién era aquel grande que ha caído…”. Y, en otras palabras, Darío reprochó a Martí la entrega de su vida útil cuando tanto esperaba de él la juventud de América. En conclusión, Darío argumenta: “…eso que se llama genio… ese majestuoso fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia… ha intentado aparecer dos veces en América: la primera en un ilustre hombre de esta tierra (se refería a Sarmiento), la segunda en José Martí”.

Octavio Costa, en su prólogo al libro “El Martí no Conocido”, de Rosa Blanca Perera, dijo que Martí era “el hombre que más brillantes y originales afirmaciones ha hecho a través de toda la literatura que se ha escrito en español”. Costa se refiere, al usar el término “afirmaciones”, a que Martí trazó pautas en casi todos los campos de acción de la vida y relaciones de los hombres todos del mundo, como no había hecho ninguno de los escritores de nuestro idioma que le precedieron en el tiempo. Y fue quizás por eso –agrego yo ahora- que el gran biógrafo alemán Emil Ludwig afirmó que “de ser traducidas sus obras, serían por sí solas suficientes para convertir a Martí en el guía del presente momento en el mundo.

Es que Martí no dejó un programa de postulados políticos y filosóficos precisos o reglamentados, pero,, como opinó, con conclusiones –afirmaciones- sobre muchos de los aspectos y los valores esenciales de los hombres en todo tiempo y lugar, se entiende el porqué de las antes citadas palabras de Emil Ludwig.

Visto de esta perspectiva, podemos deducir que Martí marchaba en aspiración hacia la búsqueda y vigencia de una especie de código moral, que fuera como un evangelio vivo dentro de cada hombre; y en su obra literaria, así como en su prédica patriótico-revolucionaria, ha de advertirse como un esfuerzo de evangelización laica que quiso, incluso, que normara la república en que un día se constituyese Cuba.

Un punto de partida que ha de servirnos para un análisis muy esquemático de la proyección de Martí, está en aquella disyuntiva existencial dada entre el individuo, en su interés personal, y el mundo; esto es, entre el yo y los otros. Martí optó por la primacía del mundo, por darse a los demás, y en ese rumbo empezó su vida. Para ello impuso dos normas a su conducta en la misma; el deber, aceptado con un sentido casi místico, y el sacrificio del yo, incluyendo en ello familia, bienestar personal y fama. En obsequio de esos valores, estaba también la insoslayable lucha entre el amor y el odio, en la que Martí tomo partido definitivo por el primero.

Hay que agregar a esto, para completar esta visión esquemática, la pasión de Martí por la libertad. Si algún valor situaba Martí por encima de todo otro en las relaciones sociales y políticas, ese era la libertad. Al extremo que, en otras palabras, expresó que cuando se trataba de la libertad, habría que echar todo al fuego, hasta el arte, para avivar la hoguera.

En resumen, José Martí, patriota y escritor, esencialmente poeta, a su paso por la tierra –dijimos al comienzo-, como aspiración hacia la búsqueda y vigencia de una especie de código moral, impuso a su vida el deber como norma, y la prédica del bien como objetivo superior. “Lo que me duele no es vivir: -dijo- me duele vivir sin hacer bien… Es preciso hacer bien aún después de haber muerto. Por tanto, escribo”.

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