Publicado el 01-28-2012
Contrastes
Por Eduardo J. Padrón
De acuerdo a una encuesta recientemente publicada, el punto de tensión social más crítico de los Estados Unidos es la diferencia entre los pocos que mucho tienen y la mayoría que cuenta con mínimo acceso a la riqueza que genera la clase obrera más productiva de la Tierra, con perdón de algunas naciones asiáticas de bien ganada fama en el terreno de la laboriosidad.
Esa circunstancia resulta triste cuando no vergonzosa. Si de algo se ha vanagloriado, justamente, la gran nación americana es de su exitosa y estable clase media. Parece que ya no es así y pienso, por el bien de la economía nacional, que la negativa tendencia debe ser revertida.
Hay lugares, a través del mundo, donde la diferencia entre las clases sociales resulta ofensiva, dolorosa. La corrupción y el populismo de sus gobiernos no solo instauran una pobreza ostensible, sino que crean una suerte de círculo vicioso o dependencia de donde luego a varias generaciones les resulta muy difícil escapar. Es el sortilegio de lo irremediable.
Ahora mismo se sabe que en Haití, los enormes recursos donados para remediar los estragos del terremoto que la azolara, hace apenas un año, poco han significado y muchas personas siguen a la deriva, como en un naufragio perpetuo.
Junto al mencionado populismo, tan en boga, y la corrupción que parece un mal endémico, se coloca la violencia como un modo de saldar cuentas pendientes. Es la trinidad del fracaso que termina por acentuar los contrastes.
Claro que Estados Unidos se mantiene distante de tan peligrosas circunstancias pero, hoy por hoy, son escasas las garantías para evitar que nos acerquemos, peligrosamente, al barranco.
Sé que sueno pesimista pero, créanme, conozco el potencial de desarrollo de nuestros congéneres pues en el college hacemos una contribución notable para que perdure, y veo que hay componentes sociales relevantes, de influencia, que conspiran para coartar la filosofía de triunfo que ha caracterizado el devenir histórico de la nación.
Hay un divorcio obvio entre decir “el país de las oportunidades” y familias sin hogar o personas que pasan hambre, cuando se desecha tanta comida. Esa manera del contraste a todos perjudica, incluso a quienes están convencidos de su triunfo impertérrito.
Así como en la guerra ningún soldado americano queda abandonado en el campo de batalla, esta democracia se ha caracterizado por canalizar vías de aprovechamiento para los desposeídos, lo cual es una característica que no podemos darnos el lujo de perder.
Si el punto de tensión social más crítico de los Estados Unidos sigue siendo una abismal diferencia de clases, se están horadando las bases sobre la cual fue pensada la nación por los padres fundadores.
Es hora de hacer valer los principios de solidaridad y altruismo que nos han erigido como modelo. Que el mundo siga mirando la enhiesta Estatua de la Libertad como la esperanza de contar con un lugar, digno de ser imitado, donde los bienes espirituales y materiales se producen y pueden estar al alcance de todos con trabajo y esfuerzo.
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