La familia Ríos en Chicago, en los años cincuenta.
Publicado el 07-10-2012
Oquedad
Por Alejandro Ríos*
El Día de los Padres reinó, desde sus serenos y virtuosos 84 años, sobre la gran familia que fundó minuciosamente en La Habana hace unas cuantas décadas de incertidumbre y esplendor.
En el patio de mi casa, a la orilla de la piscina, los que disfrutaban en el agua tibia o los que deambulaban, tenían la certidumbre de que a su lado la conversación sería interesante.
Mostraba sus regalos con picardía y satisfacción. Un pulóver de los Marlins para estrenar en el partido del miércoles siguiente, donde celebraría el cumpleaños de uno de sus nietos; una edición en Blu Ray de la serie The Pacific para sus incansables veladas de cine, un short de playa que no quiso estrenar durante esa jornada.
Los festejos del último día de su vida terminaron algo más tarde que su acostumbrada cita dominical en mi casa, donde nos encontrábamos para almorzar y conversar, rito que mucho disfrutaba. A la 1:00 p.m. solía tocar la puerta luego de manejar su propio auto y luego partía jubiloso a eso de las 6:00 p.m.
El domingo de los padres llegó al hogar donde vivía, que es el de mi hermana, la verdadera heroína de esta historia, por todo el amor que dispensó en su cuidado, y ejecutó su habitual rutina de acicalamiento hasta que se sentó, cómodamente, frente al televisor del cuarto, su dominio privado.
Comenzó a ver In Darkness, de Agnieszka Holland, una de las dos películas de mi suscripción de Netflix que, invariablemente, le entregaba cada semana para que las disfrutara y luego me las ponía, puntual, en el correo.
A la mañana siguiente tenía turno con el médico. Era muy prolijo con el cuidado de su salud. Todo indica que no terminó de ver el filme sobre judíos perseguidos en la Segunda Guerra Mundial. Se levantó temprano, fue al baño pero todavía su transporte no lo venía a recoger y se acostó otra vez, para siempre.
Por estos días de limbo, sin asidero, he visitado dos estaciones de sus recorridos habituales, una gasolinera donde solemos cambiarle el aceite a los carros, y la institución médica de la cual fue paciente. No me asombra, para nada, el legado de admiración y amor que dejara, como una estela de luz, entre mecánicos, enfermeras, doctores y empleados que sintieron su partida con profunda tristeza.
Ciertamente, algunos de sus dones fueron los de la mesura y el buen humor, pocas veces lo vimos enfadado, lo cual le permitió, con encomiable discreción, estar presente, sin imposiciones de ninguna índole, en muchas decisiones capitales de la familia.
Nos capitaneó por el mar proceloso de la maldita revolución castrista donde lo vimos sufrir aunque nunca perdió la esperanza de que todos dejaríamos atrás tanta zozobra.
Cuando llegó por segunda vez a Estados Unidos, en 1955 había sido la primera, y logramos, finalmente, que su única hija arribara a estas costas, supo que había ganado la partida a la maldad. Se sobrepuso a la muerte de su novia y esposa por medio siglo y a la hecatombe de perder a un hijo, el que más se le parecía. Decidió vivir y fue muy feliz aunque llorara en silencio a sus muertos queridos.
Ahora nos tratan de consolar los amigos diciendo que su partida fue amable, que no padeció, todo lo cual es cierto, pero nosotros sufrimos una oquedad inconsolable. Todas las virtudes de la familia le pertenecen, ninguno de los tropiezos. Fue un hombre decente, límpido, un visionario que pudo refrendar el éxito de su cruzada por hacernos felices.
Hay infinitos modos de recordar a Ramonín, Ramón o Papi. Yo lo prefiero, vital, en el video que le grabara mi esposa donde se lanza temerario a la piscina para complacernos y hacernos reír, uno de esos días radiantes en el reino de su familia.
*El autor trabaja en la Oficina de Prensa del Miami Dade College, donde fundó el Ciclo de Cine Cubano. Es Crítico de Cine y conduce el programa de televisión semanal La Mirada Indiscreta en el Canal 41, América TeVe.
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