Publicado el 07-24-2012
Un teatro sin palabras en el Festival
El teatro es un fenómeno singular; a constituir su índole, su ser integral, contribuyen factores diversos, cada uno necesario, aunque no imprescindible, inclusive hasta el texto escrito o libreto, para que se produzca lo que podríamos llamar “lo teatral”.
Arte de representación y de la comunicación, el teatro presenta otra vez la vida de sus múltiples aconteceres, o sea, la re-presentación; y para comunicar las situaciones dramáticas que relata, se vale de los diálogos, esto es, la palabra, vehículo de comunicación por excelencia. Y, sin embargo, las palabras no son el único medio de comunicación, y sin aquéllas se puede ofrecer la historia a presentar, con una peculiar eficacia.
Eso es lo que nos ha traído el Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami, desde el país vasco, la compañía Kulunka Teatro, con la obra “André y Dorine”, bajo la dirección de Iñaki Ricarte, obra que se llevó a escena en el Carnival Studio, los días 21 y 22 de julio pasados.
“André y Dorine” es una obra surgida como creación colectiva de los miembros de la compañía Kulunka Teatro, según exponen los mismos. En esta representación no hay diálogos hablados, sino de otra forma: y el por qué de esta modalidad expresiva lo explica así dicha compañía teatral, como el “intento de crear un espectáculo sin fronteras… descubrir un lenguaje que trascendiera la palabra”, y para ello optaron por hacer “un teatro de gestos”.
A lo anterior, señalo, que los actores usan máscaras que, según los visitantes, las máscaras “abren las puertas del imaginario… donde todo es posible”…Por mi parte, lo que interpreto en este punto es que las máscaras aquí son un remedio de las que utilizaba el Teatro Clásico Greco-latino que buscaba proyectar asuntos intemporales en el camino de los seres humanos; y en la máscara iba el sello del paso del ser humano con sus peculiaridades en el tiempo. Y, opino yo, que es lo más adaptado al intento que la compañía vasca dice proponerse para la creación de un “espectáculo sin fronteras”.
“André y Dorine” es la historia de dos ancianos que vivieron juntos a lo largo de sus vidas (él aparece al comienzo escribiendo hojas y hojas en su vieja máquina, y ella, en el otro extremo tocando el violoncelo… Al final uno de ellos, Dorine, está aquejada de Alzheimer, o demencia senil. Y comienzan a repasarse las escenas que en el pasado vivieron, en un conmovedor relato sin palabras. Ya fallecida Dorine, el violoncelo que ella tocaba se pone en medio del escenario como simbólico féretro.
El elenco se compone sólo de tres actores: Eda Carcamo, Garbiñe Insausti y José Daulte, que interpretan diversos pasajes vividos por la pareja en el ayer. Eso logran con gran eficacia y movimientos, los tres citados actores, en un buen mecanismo general del conjunto en escena.
Original este montaje de “André y Dorine”, que con esta peculiar obra y su puesta en escena, muestra, como digo al comienzo, que aunque el teatro como quehacer artístico está integrado por varios ingredientes, todos son necesarios, pero no imprescindibles (incluso la palabra hablada) para darse una situación dramática, y cumplir su función de presentar la vida rehaciéndose otra vez.
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