Publicado el 07-26-2012
Las armas y la mente
Por Eucario Bermúdez
El horrendo crimen de Aurora (Colorado), estruja el corazón del más fuerte y confunde y plantea un torrente de preguntas e inquietudes. Por qué, cómo es que hay mentes que llegan a cometer semejante atrocidad, por qué se permite constitucionalmente que cualquier persona pueda poseer armas de todo calibre. Interrogantes que se quedan siempre en el aire, sin respuesta adecuada.
Pero hay una reflexión que es igualmente confusa y drástica: es que las armas no se disparan solas. No. Alguien tiene que activarlas.
Y es en ese punto donde uno piensa en los desequilibrios mentales, sus orígenes y sus fatales consecuencias. No se encuentra explicación de otra manera a conductas completamente contrarias a la razón, a las leyes naturales, a la convivencia, el amor al prójimo, el respeto mutuo, el valor de la vida. Hay que estar locos sin duda para proceder como lo han hecho tantos criminales que han protagonizado tantas y tan horribles tragedias.
Ese es precisamente el argumento que de primera mano exponen los abogados defensores de criminales como el de Aurora. ¿Es que no hay otras razones? Lo de las armas es cuento de nunca acabar, pero –insistimos- ellas no se disparan solas y se necesita alguien que accione el gatillo. De forma sorprendente, informes periodísticos revelan que tras la tragedia de Aurora la venta de todo tipo de armas se ha incrementado en los Estados Unidos, fruto sin duda del constante temor que fustiga al pueblo norteamericano ante la comisión de tantos delitos atroces.
Hay que profundizar más en la conciencia humana, tema que merecería una mayor dedicación por parte de los científicos en orden a establecer hasta donde sea posible, el conocimiento exacto y razonado de las cosas por sus principios y causas. Sin embargo hay razonamientos empíricos que nos hacen pensar en el origen de los desequilibrios mentales que teóricamente impulsan a personas aparentemente normales a arrebatar la vida de forma tan espectacular a grupos de personas inermes, aun a sus mismos familiares, amigos o compañeros.
¿Dónde nacen los tales desequilibrios de la mente? Sin duda alguna ha de ser en la misma cuna, en el marco familiar, en la vida hogareña, en el ejercicio de los principios morales, el respeto mutuo, el culto a la vida, honra y bienes de los demás; también en los centros educativos en donde quizás las libertades – el libertinaje de hoy- permiten que la juventud abra sus alas muy temprano y vuele sin control, en las comunidades libidinosas en las que todo es permitido, en donde priman la incultura, la falta de respeto mutuo, la intolerancia, el desprecio por el prójimo y obviamente en las constantes lecciones de crimen del cine y la televisión y las audacias perniciosas de los juegos electrónicos que cautivan gran parte del tiempo de los jóvenes.
Lastimosamente muchos de estos crímenes absurdos son cometidos por personas de corta edad, como ha ocurrido en los atentados en escuelas y universidades en donde no sólo se utilizan armas de fuego sino armas blancas, los garrotes, la fuerza bruta o los gases letales. Por ello, mas que discutir sobre el derecho al uso de armas –un derecho que es constitucional en este país- deberíamos enfatizar todos los esfuerzos en torno a la formación de la juventud en centros vitales como el hogar, la escuela y la vida en comunidad, tratando de que sus mentes no se desvíen por caminos que pueden conducir al vicio, al crimen, a la descomposición social y la desgracia de sus vidas y la de sus familias.
Las armas no se disparan solas. Lo que tenemos que tratar de controlar son los cerebros descarriados de muchos humanos.
|