Publicado el 08-01-2012
Bibliotecas de ayer
y de hoy
Por Guillermo Cabrera Leiva
Siempre recuerdo con regocijo la llegada de algún libro a mis manos, allá en el villareño Cabaiguán, donde no había entonces recursos para ir formando una buena colección de obras.
La falta de una biblioteca pública, como ocurría en mi pueblo por aquellos años, y la falta de dinero para comprar libros, limitaba bastante nuestro impulso por saber, en una época en que la lectura es alimento indispensable para el desarrollo de la mente infantil.
Estos recuerdos nos vinieron al leer la interesante historia de Harmuzd Rassam, el arqueólogo asirio que descubrió en 1851, en la antigua ciudad de Nínive, una mina de tabletas grabadas – libros de aquellos tiempos -- de lo que fuera la biblioteca del palacio del rey Asurbanipal, considerada como una de las primeras bibliotecas de la antigüedad.
El tema del libro y de las colecciones que forman las bibliotecas, es algo fascinante. Desde tiempos muy lejanos el hombre ha dejado, en la piedra y en la piel curtida de animales, señales de su paso por la tierra. El papel vino más tarde, también desde el lejano Oriente, a solucionar el problema de la escritura, cobrando ésta prestigio con el papiro egipcio y llegando hasta los días presentes, en que compramos una resma de quinientas hojas de papel, de excelente calidad y larga duración, por tres o cuatro dólares.
Muy cerca de Bagdad, la capital de Irak, se halla la región de Nipur, donde las diestras manos de los arqueólogos de la Universidad de Chicago descubrieron, casi un siglo después que Rassam, otro tesoro escondido en tierra, de miles de tabletas que recogían composiciones literarias, narraciones bíblicas y poemas de más de mil doscientos años antes de Cristo.
Entre todas estas bibliotecas de la antigüedad, ocupa lugar prominente la famosa Biblioteca de Alejandría. Allí, cuentan los historiadores, entre 500 y 600 mil volúmenes (rollos más bien) quedó constancia de la ciencia y la filosofía griegas, especialmente de la obra de Aristóteles, el santo patrón de aquella feliz iniciativa cultural.
Los arqueólogos han desenterrado, en el área que ocupó la biblioteca original, salones para conferencias, y sobre uno de ellos la siguiente inscripción, que tiene un fondo de verdad: “Este es el lugar para curar el alma”.
De Alejandría a nuestra época han transcurrido muchos siglos, si bien la biblioteca pública ha conservado el mismo impulso de servicio cultural a la comunidad. Hoy la biblioteca es no solamente una gran estantería de libros, sino un centro de información al alcance de todos y con el marcado propósito de capacitar al ciudadano para cumplir mejor su función en la sociedad.
Hoy existen bibliotecas de extraordinario impacto en el desarrollo de la cultura universal, como la Biblioteca del Congreso, en Washington, D.C. Esta es la unidad cultural más antigua de los Estados Unidos. Conserva una colección de más de 18 millones de libros y 96 millones de mapas, manuscritos, fotos, películas, grabaciones de audio, dibujos y grabados.
Esta biblioteca es considerada por muchos como la mayor del mundo, aunque se caracteriza por la política de cooperación con otras de las grandes bibliotecas del orbe, como la Biblioteca Pública de Paris y la de otras importantes capitales de Occidente.
Ultimamente la Biblioteca del Congreso ha convenido con la UNESCO para establecer un ambicioso proyecto encaminado a digitalizar valioso material de cultura y ponerlo a disposición del Internet.
Según el Boletín Informativo de la UNESCO. este magno proyecto fue ensayado inicialmente ante los delegados de 193 Estados Miembros de la UNESCO, en colaboración con instituciones asociadas, a saber, la Biblioteca de Alejandría (hoy restaurada y ampliada con nuevas instalaciones), la Biblioteca Nacional de Egipto, la Biblioteca Nacional del Brasil y la Biblioteca Nacional de Rusia, y se espera su puesta en marcha para fines del presente año.
La lectura se facilita más cada día, ahora con los modernos y pequeños aparatos que se manejan con los dedos, y ponen en minutos a disposición del lector los más variados libros que se desean, como una especie de invocación o de magia a la que nos vamos acostumbrando.
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