Publicado el 08-09-2012
Fraudes minan la democracia
Por Eucario Bermúdez
Es una vergüenza lo que está pasando con los procesos electorales, en casi todas partes malversados por el fraude con sus deplorables consecuencias para el sistema democrático. La compra de votos, las normas acomodadas a los mejores intereses de los políticos corruptos, las maquinarias subterráneas puestas al servicio del fraude electoral, tuercen la intención de los votantes, degollan el sistema, pisotean la libertad de expresión, tergiversan peligrosamente la voluntad popular.
Ya no es extraño que resulten elegidos presidentes, congresistas, alcaldes, concejales municipales, jueces, gobernadores, fiscales, en comicios manchados por situaciones irregulares.
Una mirada retrospectiva, nos coloca en procesos electorales caracterizados por la corrupción: Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Argentina, Bolivia, países dominados por gobernantes autócratas son una muestra fehaciente. Y más lejos, allende los mares, en Rusia Vladimir Putin ha manejado a sus anchas las elecciones recientes para continuar siendo amo y señor del gobierno.
Lamentablemente la epidemia es contagiosa. Ya vimos lo ocurrido en las elecciones del 2001 entre el Presidente George W. Bush y Albert Gore, aunque las dudas fueron auscultadas milimétricamente lo mismo que los votos. Pero mucho más cerca, aquí no mas y ahora en nuestro patio venimos padeciendo campañas saturadas de los peores vicios y prácticas, en las que se mueven suman millonarias, se acude a las perturbaciones mentales de los ancianos, se compran conciencias, se hace de los procesos electorales un negocio productivo tanto para los candidatos como para los círculos que los financian y rodean, con claros propósitos de obtener más tarde poder político, contratos y prebendas de alta producción económica. ¡Qué vergüenza!
Una vez más se ha destapado la “olla podrida”. Más, lamentablemente no hay mucho que esperar. El escándalo pasará pronto y los más astutos y mejor financiados usufructuarán de las mieles del poder. Eso sí, se cantará victoria pero por encima de los votos arreglados, acomodados, tergiversados, y la voluntad popular manipulada. Quiera Dios que algo similar no vaya a ocurrir en noviembre cuando escogeremos al Presidente de los Estados Unidos, aunque en esa campaña si que rueda el dinero a montones, con procedencia muy discutible, con intenciones muy bien definidas.
Alguien me comentaba esta semana que tal vez tendríamos que llegar al extremo de acudir, como en aquellos países en donde el fraude es galopante, a los famosos observadores de organismos internacionales que son llamados a supervigilar las elecciones. Qué pena.
Ojalá que los actos corruptos que se han logrado detectar por estos días sirvan de cabeza para un proceso de pulcritud que pueda lograr la futura transparencia del sistema, que sin la menor duda ha sido hecho a la medida de las maquiavélicas proyecciones de los negociantes de la política, desde las humildes pero habilidosas “boleteras” que han explotado la ignorancia para cambiar perniciosamente la decisión electoral y sus resultados, hasta los astutos explotadores de la politiquería.
Y que se obre sin contemplaciones, que se hagan los cambios necesarios en las leyes electorales, que se conozcan las organizaciones que propician el fraude, los nombres de quienes las conducen y de los políticos que las consienten. Que no se siga abusando del poder popular y de la auténtica democracia.
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