Quantcast diariolasamericas.com
PRIMERA PLANA
EDITORIALES
CUBA Y EL CARIBE
LATINOAMERICA
LOCALES
INMIGRACION
OPINION
EE.UU.
INTERNACIONAL
FINANZAS Y TECNOLOGIA
DEPORTES
CULTURALES
CIENCIA-SALUD
SOCIALES
TURISMO
GASTRONOMIA
VINOS
MUJER
GUÍA DE NEGOCIOS
Edición Virtual
Portada
Encuesta
¿Cree que el plan del alcalde de Doral Luigi Boria aliviará el problema del tráfico en esa ciudad?
Si
No
Ver Resultados
Noticias Recientes
El “Zorro” que pudo estafar al Medicare
Miami.- “Enrique Lagardere” y el “Zorro” están detrás de la rejas. No porque el...
Rick Scott rechaza acuerdo con Amazon
El gobernador de Florida, Rick Scott, que ha establecido como una prioridad la...
Se deshacen muchos mitos para conductores
MIAMI.-Muchas de las creencias más generalizadas sobre las reglas de conducción...
Baja en la Florida la tasa de crímenes
La tasa de crímenes en Florida bajó a 6,5 por ciento en el 2012, incluyendo una...




Publicado el 08-18-2012

El Dorado

Por el Rev. Martín N. Añorga


La pasada semana tuve contacto con tres familias que me anunciaron su decisión de irse de Miami. ¿Las razones? El tránsito, el costo de los seguros, el aumento de los impuestos, la cantidad de gente de otros sitios que nos están invadiendo, la delincuencia y el deterioro de las costumbres. Y por supuesto, la búsqueda de un remanso de paz y de un resurgir de posibilidades.

Mis argumentos no fueron lo suficientemente válidos para estas personas que estaban dejando atrás un gran pedazo de sus vidas en procura de un mundo nuevo que les resultará ajeno y diferente, aunque quizás, y es lo que les deseo, lleno de probables logros. Hubiera querido que se quedaran entre nosotros, pero entendí que cuando el presente se nos estrecha se nos abre el futuro. Y en el mejor espíritu cristiano, les ofrecí mi bendición, siempre con el epílogo de un inmenso abrazo.

En medio de mis pensamientos recordé la leyenda de El Dorado y llegué a la conclusión de que la misma no es un trozo dramático del pasado, sino una vivencia permanente en cada ser humano. Sin entrar en los detalles de la leyenda, en la que se destaca el hecho de que la avaricia de los colonizadores arrasó con una cultura milenaria, yo creo que existe, salvando diferencias y motivaciones, en cada uno de nosotros lo que pudiéramos llamar “el síndrome de El Dorado”. Creemos que los tesoros nos quedan más allá del horizonte y peregrinamos con la ilusión de conquistarlos.

Hace más de cincuenta años yo vivía en la pintoresca ciudad de Caibarién, un punto de luz y salitre al norte de mi querida Isla. A Caibarién la llaman “la Villa Blanca” por sus calles espaciosas por las que corretean a su antojo las brisas, como un beso de amor que llega desde las playas. Eramos suficientemente felices hasta que empezamos a sentir la presión humillante del azote comunista. Interrogatorios constantes, registros reiterados, idas y venidas de la estación policial y amenazas inusitadas desbarataron la tranquilidad hogareña. Una tarde alguien me dijo que tratara de buscar un traslado porque corría peligro ante la actitud de algunas intransigentes autoridades. Pensé que no había solución en un cambio de ambiente si el contexto iba a ser el mismo adonde quiera que fuera. Y decidimos buscar nuestro “Dorado” viniendo a Estados Unidos.

En efecto, Miami ha sido nuestra manera de descubrir “El Dorado”, no porque hayamos acumulado fortuna, que nunca fue nuestro objetivo, ni porque hayamos conquistado alturas o logros, que a fin de cuenta siempre son metas efímeras, porque detrás de ellas surgen siempre otras que nos hacen finalmente inalcanzable el sueño de paz, amor y felicidad que es la razón suprema de la existencia. Ha sido Miami “El Dorado” porque aquí encontramos la libertad que nos fue quebrantada en el sitio en que nacimos, porque aquí han echado raíces mis hijos y mis nietos, y porque aquí, sin que se me apartara el dolor de Cuba, he servido a mis semejantes, que al igual que yo, salieron a los caminos del mundo siguiendo una estrella.

La vieja leyenda de “El Dorado” me hace pensar en que la misma se nos repite. El mito empezó en el año 1530 en los Andes, de lo que es hoy Colombia. Han pasado casi 500 años y la humanidad sigue con la falsa creencia de que la felicidad suele estar en el sitio en el que no estamos. Los norteamericanos tienen una expresión que es casi un refrán: “el césped del vecino siempre está más verde que el nuestro”. Hasta que aprendamos que la verdadera felicidad se encuentra dentro de nosotros, en nuestra actitud ante la vida, en nuestras convicciones religiosas y en nuestra capacidad de trabajo, seguiremos siendo nómadas sin sed buscando un oasis,

Por supuesto que no somos como el explorador Gonzalo Jiménez de Quesada ni como Gonzalo Pizarro, que corrieron detrás de fortunas ajenas para apropiárselas. No hemos llegado a este país, ni a ningún otro sitio al que nos hemos dirigido, para destruir a nuestros semejantes con el propósito de apoderarnos de sus tesoros. No hemos oteado los mares para buscar palacios y reliquias, azuzados por un vil sentimiento de codicia, sino porque queríamos nuevos espacios en los que hubiera libertad, paz y prosperidad. Muchos han alcanzado el destino de una riqueza confortable, sin reponerse, sin embargo, de lo que ciertamente han perdido. De esa pérdida, que es la de la patria, nadie se consuela hasta el momento soñado de recuperarla. Nos persigue la melancolía, y nos abrazamos con ternura a las huellas del pasado. Las nuestras, las de ayer, son mezcla de añoranzas y ensueños.. Los cubanos seguimos mirando a Cuba detrás de cada nube y anhelando sus paisajes en el alumbramiento de cada amanecer.

¿Quién no piensa en los añorados paisajes de la niñez y la juventud mientras se siente el pecho apretado por una indefinible sensación de melancolía? La leyenda de “El Dorado” nos enseña la dolorosa lección de que el oro no es la respuesta, sino la verdad incontrovertible de que el ser humano termina haciéndose víctima de lo que ha perdido, después de haber estado buscando “tesoros en el fondo de una laguna”.

La vida, a fin de cuentas, es búsqueda. Los que encuentran la consumación de sus sueños se creen felices, sin pensar en que los sueños mejores estallan ante nuestros propios ojos como pompas de jabón. Para determinar el valor de la vida, hay que determinar la motivación de la búsqueda, sabiendo de antemano que como vivimos en una constante provisionalidad, y valga la paradoja, nada de lo que creamos conquistar es perdurable y mucho menos eterno.

Me decía un viejo amigo: “¡he trabajado siempre para darme el gusto de una vejez sin preocupaciones, y ya me ves, enfermo y cansado, y con las manos vacías!”. Quizás, pensé para mis adentros, buscó “El Dorado” sin medir el riesgo de las pérdidas.

A nuestros compatriotas que una vez tuvieron a Miami como meta y que ahora elevan anclas para sortear otros parajes les deseo un definitivo encuentro con la felicidad, aunque les sugiero que cuando se les apodere la melancolía de lo perdido, de lo dejado atrás, eleven sus ojos a las alturas y contemplen el cielo. El cielo, es al fin y al cabo, el techo común que nos cobija.

Titulares
listado Espionaje chavista busca tapar corrupción
MIAMI.- La publicación de un documento oficial del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN) re....
Más
listado UN HOMBRE EN LA LUNA
Miami.- La otra tarde, hablando tranquilamente con mi madre, reconociéndome en ella, en sus gestos....
Más
listado El “Zorro” que pudo estafar al Medicare
Miami.- “Enrique Lagardere” y el “Zorro” están detrás de la rejas. No porque el sargento García lo....
Más
listado El autor de “El código Da Vinci” baja a su “Inferno”
MIAMI.- Como si se tratara de un secreto de estado bajo siete llaves, por fin ha salido a la luz p....
Más
Guía de Conversación: Diario Las Americas le da la bienvenida a tus pensamientos, historias e información relacionada a éste artículo. Por favor mantengase dentro del tema y sea respetuoso con los demás miembros.
ingresar


La Revista

Independencia Centroamericana