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Joseph Armando y Ana María


Publicado el 08-18-2012

Escribir sin mis nietos

Por Armando Álvarez Bravo


Soy un sentimental. De igual suerte un hombre reservado. Eso ha hecho que no exprese mis sentimientos efusivamente, como lo hace casi todo el mundo. A estas alturas de mi edad comprendo que esto no es bueno, especialmente para los que se quiere entrañablemente.



Pero el siempre implacable paso del tiempo ha hecho que modifique mi comedida reserva. Ahora soy más expresivo. Diversas razones han determinado ese cambio. La fundamental ha sido tener a mi lado, como debe ser, a mis nietos, Joseph Armando y Ana María, la princesa.



Ya no los tengo. Al cabo de dos felices años aquí regresaron a Virginia. Su partida ha agudizado incalculablemente mi sensibilidad. No tengo palabras para expresar cuánto los necesito. Es un cambio de vida muy duro, característico del estilo de vida en este país.



Siempre me he sentido muy bien en mi casa, tanto que me cuesta trabajo salir. Más allá de su dominio imperan la agresividad, la prisa, la ordinariez… You name it. Sí, hay gentes y cosas buenas y agradables, pero su ocasional disfrute tiene para mí el carácter de una gracia, de un privilegio en mi andadura.

Y si esto me hace un “raro”, bienvenido sea. Pero mi casa con las cosas que la colman y hacen mi delicia como mis libros, papeles, obras de arte, objetos curiosos, armas y mis insólitas colecciones de tanto inimaginable, ya no es igual porque faltan en ella mis nietos. Eran la encarnación de la inocencia y la dicha en este mundo al revés.



Daban mucho trabajo y preocupaciones con sus cuidados, nada más natural, pero su simple ser y estar era un regalo de vida a estas alturas de la nuestra. Son, para Tania y para mí, la encarnación de lo que somos y quisimos ser, de nuestros más fijos y constantes sueños y deseos. La plenitud de su posibilidad. Y en una forma que no intento explicar por ser imposible, son más que su madre, Liana, y su malcriadora tía Lourdes. Es un sentimiento característico de los abuelos.



Sin ellos se ha hecho un insondable silencio entre estas paredes. Trato inútilmente de romperlo con la música, que me ha acompañado en mis mejores y peores momentos. Pero sin ellos, ya la maravilla de la música es insuficiente. Todo lo es.



Tania y yo, cada vez más tocados de ala por las servidumbres de la edad y las circunstancias, hemos retomado a partir de la ausencia de Liana y los nietos, la cotidianidad que cambió dichosamente el tenerlos con nosotros.



Para ella, el que me cuide como es debido es la orden del día. También y tanto su cuidado y precioso jardín presidido por una imagen de la Virgen; sus devociones y ayudar sin peros a todos lo que la necesitan, para empezar “las niñas”: Lourdes tan cerca para nuestra suerte y Liana, que tanto echamos de menos, en Virginia. Para mí, ser un definitivo sostén de los que tanto quiero y seguir escribiendo. Algo que implica por fatalidad cronológica tratar de dejar en orden lo esencial de mi obra y añadirle mucho pendiente.



Sin los nietos aquí puedo dedicar más tiempo a ese empeño. Lo hago participando de un recíproco engaño. Con y por suprema delicadeza, Tania y yo nos engañamos mutuamente en lo que concierne a nuestra soledad y tristeza por la ausencia de los niños. ¿Qué es escribir cuando me faltan Joseph Armando y Ana María? Lo mismo de siempre y, a su vez, algo distinto. Soy incapaz de definirlo.



Quizás sea la súbita interrupción de Ana María para preguntarme algo con enorme inteligencia y gracia rebosante de ángel; manifestarme sus fantásticos pero lógicos deseos, demasiados los comparto; que le busque en el ordenador un lugar de juegos infantiles y siempre darme un inesperado beso y decirme que me quiere.



Por su parte, Joseph Armando, que es reservado como yo y quiere ser tantas cosas como yo quise ser y se fascina con mucho de lo que siempre han sido mis más tenaces pasiones y obsesiones, nunca falta con sus atinadas observaciones y curiosidad por saber y entender lo que le interesa, sobre todo en lo que toca a la historia, que le fascina. Quisiera fuese un historiador.



Ahora, debido a su ausencia, escribo más, pero no es igual.



Han dejado un enorme vacío en la casa, en nuestras vidas. Falta la indescriptible y entrañable resonancia de ambos en el proceso de mi escritura. Tanto Tania como yo evitamos decirnos lo que los necesitamos. Lourdes, la tía que adoran, se desvive por mitigar ese vacío. Lo que no podemos evitar es pensar cómo están sin nosotros y cuánto nos necesitan. Otra vez, con la partida de Liana y los niños, nuestra familia no está junta como debe ser. Tengo que ser un sentimental.

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