Luis Martínez Pedro
Publicado el 09-01-2012
Luis Martínez Pedro en el recuerdo
Por Armando Álvarez Bravo
Conocí al gran pintor y extraordinario dibujante Luis Martínez Pedro, nuestras familias eran amigas desde siempre, cuando comencé a trabajar en la OTPLA, la mejor agencia de publicidad cubana y de Hispanoamérica, de la que era copropietario y presidente, Yo no había cumplido los veinte años en ese entonces. Era un bisoño redactor de textos a prueba y sin la menor experiencia. Debía hacer todo lo que se me mandase y las más insólitas órdenes eran el pan mío de cada día. Las cumplía eficazmente y a gusto.
En el negocio de la publicidad todo el mundo cree que la vida es una lucrativa fiesta en que las modelos son los seres más fáciles y complacientes del universo. No es así. En la agencia, tocarlas deparaba un consejo de guerra y condena de muerte. Pero la publicidad fue el mundo que elegí porque creía que podía hacer carrera y me gustaba. Ganar lo suficiente para retirarme a la mejor edad sin preocupaciones económicas y hacer lo que siempre soñé: escribir.
Tuve mucha suerte en mi desempeño, además de establecer una real amistad con el director de la agencia, Raúl Gutiérrez Serrano ─ que siempre me llamaba Armandito, lo que detesto─, con el que tanto aprendí y le agradezco. Nuestra relación, que incluía a su familia, se consolidó vertiginosamente. Mis aciertos en la concepción de campañas, en primerísimo término de Bacardí-Hatuey, y mi eficacia y disponibilidad para ocuparme de cuanto se presentase, que no era poco, determinaron mi ascenso y responsabilidades. Lo comprobé cuando me dieron un pequeño despacho con vista a la calle, lo cual era un privilegio. Para su desgracia, Raúl decidió servir al castrismo. Fue un trágico error que además de su empresa y posición en la vida nacional, le costó la pérdida de su familia. Creo sinceramente que lo lamentó hasta su muerte.
En ese mundo de años tan breves, felices y colmados de sueños para mí, Luis tenía en la agencia fama de ser un hombre difícil. Y lo era. Pero le caí bien. También era para Armandito para él. Dale con la misma. Pero me hizo su mejor, quizás único interlocutor. En cuanto llegaba me llamaba, se sentaba en la mesa auxiliar de su buró, y comenzaba a dibujar y a criticar todo lo que se hacía en la agencia. Era tan implacable como brillante. No se me olvida que mientras me hablaba tenía una bola de maleables gomas de borrar que apretaba continuamente. Era un hombre muy fuerte. También me hablaba con pasión de su pintura, de sus proyectos. Si hay algún testigo de excepción de la génesis de sus fabulosas “Aguas territoriales” soy yo.
Cuando la agencia se “intervino por el gobierno revolucionario”, que tuve que encarar por haber llegado como siempre bien temprano, topé con los prepotentes milicianos armados que estaban en la recepción para ocuparla. Ese hecho no apagó nuestra amistad. Le debo a Luis la amistad con Enrique Labrador Ruiz, al que fui a ver “para que me orientara como escritor”. Luis siempre quería que lo hiciese y yo siempre le decía que tenía que trabajar. Pero una mañana me espetó que él era dueño de la agencia, que me olvidara del trabajo y fuera a ver al otro día a Enrique, mientras le decía a su secretaria que concertara nuestro encuentro. Nunca se lo agradeceré lo suficiente.
Tras el fin de la OTPLA mi relación con Luis, que era mi vecino, y su mujer, Gertrude, le decía “la alemana”, se mantuvo incólume. Ambos eran dos grandes bebedores y yo siempre tenía una botella de ron comprada para ellos en el mercado negro. Nunca olvidaré las visitas con Tania a su fabulosa casa en el más alto de Jibacoa.. Nuestras noches de largas conversaciones en su apartamento, en la vedadense calle 21 y Avenida de los Presidentes, donde era un coñazo su salchicha Lumpi ─Luis tenía unos tablones con clavos para que no se subiese al sofá y las butacas─, tan distinta a Lolo, la tan cariñosa salchicha de mi hija Lourdes María. En esas visitas nos maravillabamos, casi más que de sus cuadros, con sus espléndidos dibujos. Siempre recuerdo los que plasmaban orgías de largatijas. Pintura y dibujos que eran pura obra maestra. Yo perdí una de esas maravillas, una tinta con la que ilustró un remoto poema mío que se lo llevó la trampa.
Termino esta evocación que tiene tanto de celebración y nostalgia. Sus protagonistas, su ámbito y su latido ya son tan sólo un elemento de mi memoria, que también está destinada a apagarse. Todo ha cambiado, y no para mejor. Como debía ser. Si hay algo implacable es la gravitación de la historia. Dar gracias a Dios por lo vivido con todos sus peros. Es algo irrepetible.
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