Publicado el 09-15-2012
Conversando con Madeleine Albright
Por Helen Aguirre Ferré Diario Las Américas
¿Estamos en guerra con el mundo islámico? Esa es la pregunta que se hacen muchos y a pesar de que a veces así nos sentimos, la verdad es que no. Pero sí somos el blanco de un grupo de terroristas que cobardemente se esconden detrás de una religión, ocultando sus motivaciones ideológicas, para justificar la violencia. El cuento es triste y cansado, cada día son menos los que se lo tragan, pero eso no quita de que las tienen todas para sorprender y causar dolor. El vil asesinato de cuatro estadounidenses, incluyendo al embajador estadounidense en Libia, Christopher Stevens de 52 años, es el ejemplo más reciente.
No obstante, no confundamos el radicalismo islámico de algunos con todo un pueblo. Esa es parte de la conversación que tuve con la ex Secretaria de Estado, Madeleine Albright, en “Zona Política con Helen Aguirre Ferré” de Univisión América, la nueva cadena de radio nacional, este viernes 14 de septiembre.
“Recordemos que esta violencia fue perpetrada por un grupo minoritario no representativo del pueblo libio que está en pleno proceso evolutivo al igual que el resto de la región”, refiriéndose a lo que se llamó, con optimismo en su momento, “la Primavera Árabe”.
“Fue una equivocación pensar, como algunos hicieron, que éste era un proceso rápido cuando en verdad es un proceso evolutivo que cambia de cierta forma las reglas del juego como lo conocíamos,” dijo la Sra. Albright. En pocas palabras, es decir mucho.
Tanto Libia como Egipto tienen nuevos gobiernos pero carecen de un estado de derecho. El desempleo está por encima del 25% en Egipto y 24% de su parlamento está en manos de la Hermandad Musulmana que es antidemocrático y antiisraelí; basta decir que antiestadounidense. Aun entre estos, existe una derecha e izquierda y buscan entre ellos el balance. En inglés le piden al pueblo que desista de las manifestaciones en contra de EE.UU. mientras que en árabe alientan los motines. Tiran la piedra y esconden la mano, pero ahora están al descubierto. A la vez, como dijo el Presidente Obama, no son aliados pero tampoco son enemigos. Por tan malos que sean, los necesitamos para mantener por lo menos una semblanza de paz frente a Israel, Irán y Siria. El tema es complejo al igual que el de Libia.
A pesar de que Estados Unidos, en coalición con la OTAN, les ayudo a tumbar al gobierno del cruel dictador Gadafi, un pequeño grupo de terroristas planearon y ejecutaron el plan de ataque en Benghazi. Por algún motivo aún no revelado, el servicio de inteligencia no estuvo al tanto del peligro o al menos el gobierno no lo vio como motivo de mayor preocupación. Quizás se pudo haber evitado.
Se sabe que el ataque en Libia, según lo admite el gobierno, fue premeditado. Se aprovechan de una película, pobremente hecha por un grupo de cristianos coptos egipcios, no un israelí estadounidense como primero se había reportado, para dar el empuje a un sector radical musulmán a que se tomaran las calles. La fecha del 11 de septiembre para el ataque no fue accidental y las embajadas y consulados deberían de haber estado mejor protegidas, pero no lo estaban. Ni las autoridades de Libia ni de Egipto cuidaron de los Estados Unidos y han pedido disculpas, pero el daño está hecho.
Ahora se habla de quizás eliminar la ayuda que se le da a Egipto que asciende a dos mil millones y medio de dólares al año. Según la Secretaria Albright, el tema se puede enfocar de otra manera. “Los fondos se pueden dar pero con condiciones, usándolos como un mecanismo de negociación seria.”
Madeleine Albright tiene razón. La zona está cambiando y no podemos ignorar que Siria sigue en guerra civil, Irán aún avanza con su programa de armas nucleares e Israel se encuentra en un vecindario hostil e hirviente.
Como país, tenemos que estar unidos frente a esta tragedia, pero eso requiere un liderazgo que brilla por su ausencia. Y los extremistas musulmanes lo saben.
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