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NIKITA JRUSHCHEV Y JOHN F. KENNEDY


Publicado el 10-15-2012

La crisis de los misiles de Cuba cincuenta años después

Por Joseph S. Nye


CAMBRIDGE – En este mes se cumple el cincuenta aniversario de la crisis de los misiles de Cuba, aquellos trece días de octubre de 1962 que probablemente fueran el momento en que el mundo estuvo más cerca de una gran guerra nuclear. El Presidente John F. Kennedy había advertido públicamente a la Unión Soviética que no introdujera misiles de ataque en Cuba, pero el dirigente soviético Nikita Jrushchev decidió cruzar la línea roja de Kennedy subrepticiamente y colocar a los americanos ante un fait accompli. Cuando un avión americano de vigilancia descubrió los misiles, estalló la crisis.

Algunos de los asesores de Kennedy lo instaron a lanzar un ataque aéreo y una invasión para destruir los misiles. Kennedy movilizó las tropas, pero también ganó tiempo anunciando un bloqueo naval de Cuba. La crisis amainó cuando los barcos soviéticos que transportaban más misiles regresaron a su punto de partida y Jrushchev accedió a retirar los misiles que ya había en la isla. Como dijo el entonces Secretario de Estado, Dean Rusk: “Estábamos mirándonos fijamente a los ojos y creo que el contrario pestañeó”.

A primera vista, fue un resultado racional y previsible. Los Estados Unidos tenían una ventaja de 17 a 1 en armamento nuclear. Los soviéticos reconocieron, sencillamente, dicha ventaja.

Y, sin embargo, los EE.UU. no lanzaron un ataque preventivo contra los emplazamientos de misiles soviéticos, que eran relativamente vulnerables, porque el riesgo de que se dispararan uno o dos misiles soviéticos contra una ciudad americana era suficiente para disuadir de lanzar un primer ataque. Además, tanto Kennedy como Jrushchev temían que las estrategias racionales y el cálculo cauto no bastaran para impedir una pérdida del control. Jrushchev ofreció una metáfora vívida en una de sus cartas a Kennedy: “Nosotros y ustedes no debemos tirar ahora de los extremos de la cuerda en la que ustedes han hecho el nudo de la guerra”.

En 1987, yo formé parte de un grupo de expertos que se reunió en la Universidad de Harvard con los asesores de Kennedy supervivientes para estudiar la crisis. Robert McNamara, Secretario de Defensa de Kennedy, dijo que se volvió más cauto a medida que se desarrolló la crisis. En aquel momento, pensó que la probabilidad de que el resultado de la crisis fuera una guerra nuclear podría haber sido de una entre cincuenta (aunque consideró el riesgo muy superior después de enterarse en el decenio de 1990 de que los soviéticos ya habían entregado armas nucleares a Cuba.)

Douglas Dillon, Secretario del Tesoro de Kennedy, dijo que pensaba que el riesgo de guerra nuclear había sido prácticamente nulo. No veía cómo podría haber alcanzado la situación el nivel de la guerra nuclear, por lo que había estado dispuesto a apretar más a los soviéticos y correr más riesgos que McNamara. El general Maxwell

Taylor, Presidente del Estado Mayor Conjunto, también creía que el riesgo de guerra nuclear era escaso y se quejó de que los EE.UU. dejaran a la Unión Soviética salir bien librada con demasiada facilidad. Consideraba que los americanos deberían haber acabado con el régimen de Castro.

Pero Kennedy sopesó profundamente los riesgos de perder el control de la situación, razón por la cual adoptó una postura más prudente de lo que habría gustado a algunos de sus asesores. La moraleja de la historia es la de que un poco de disuasión nuclear puede dar buen resultado.

No obstante, sigue habiendo ambigüedades sobre la crisis de los misiles que dificultan la posibilidad de atribuir el resultado enteramente al componente nuclear. Hubo consenso público en el sentido de que los EE.UU. habían vencido, pero resulta difícil determinar hasta qué punto y por qué.

Hay al menos dos posibles explicaciones del resultado, además del reconocimiento soviético de la superioridad de la potencia nuclear de los Estados Unidos. Una se centra en la importancia de lo que se jugaban relativamente las dos superpotencias en la crisis: para los EE.UU. no sólo había más en juego en la vecina Cuba que para los soviéticos, sino que, además, podían presionar con las fuerzas militares tradicionales. El bloqueo naval y la posibilidad de una invasión por parte de los EE.UU. reforzó el crédito de la disuasión americana, con lo que la carga psicológica recaía sobre los soviéticos.

La otra explicación impugna la premisa misma de que la crisis de los misiles de Cuba fuera una clara victoria de los EE.UU. Los americanos tenían tres opciones: emprenderla a tiros (bombardear los emplazamientos de los misiles); apretar las tuercas (bloquear a Cuba a fin de convencer a los soviéticos para que retiraran los misiles); y hacer concesiones (conceder a los soviéticos algo que desearan).

Durante mucho tiempo, los participantes hablaron poco de las concesiones que entrañó la solución, pero la documentación posterior indica que una silenciosa promesa por parte de los EE.UU. de retirar sus misiles obsoletos de Turquía e Italia probablemente fuera más importante de lo que se pensó en aquel momento (además, los EE.UU. aseguraron en público que no invadirían a Cuba).

Podemos concluir que la disuasión nuclear tuvo su importancia en la crisis y que Kennedy tuvo en cuenta sin lugar a dudas la dimensión nuclear, pero lo que revistió tanta importancia no fue la proporción de armas nucleares de las dos potencias, sino el temor de que incluso unas pocas armas nucleares causaran una devastación intolerable.

¿Hasta qué punto eran reales los riesgos? El 27 de octubre de 1962, justo después de que las fuerzas soviéticas de Cuba derribaran un avión de vigilancia de los EE.UU. (y matasen al piloto), un avión similar que estaba tomando las habituales muestras aéreas cerca de Alaska violó inadvertidamente el espacio aéreo soviético en Siberia. Afortunadamente, no fue derribado, pero más grave fue que se hubiera ordenado a las fuerzas soviéticas en Cuba –sin que los americanos lo supieran– repeler una invasión de los EE.UU, y se las había autorizado a recurrir a sus armas nucleares tácticas para ello.

Resulta difícil imaginar que semejante ataque nuclear hubiera seguido siendo simplemente táctico. Kenneth Waltz, experto americano, publicó recientemente un artículo titulado “Razones por las que el Irán debe obtener la bomba”. En un mundo racional y previsible, semejante resultado podría producir estabilidad. En el mundo real, la crisis de los misiles de Cuba indica que podría no ser así. Como dijo McNamara: “Tuvimos mucha suerte”.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Joseph Nye, profesor en Harvard, es autor de The Future of Power (“El futuro del poder”).

Copyright: Project Syndicate, 2012.

www.project-syndicate.org

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