Hay un viejo dicho que afirma que “a la tercera va la vencida”. En el caso de la agricultura cubana esa promisoria afirmación no funcionó. Ahora, el gobierno que encabeza el general Raúl Castro, acaba de estrenar un cuarto intento…a ver si funciona.
Primero fue la Ley de Reforma Agraria, firmada a bombo y platillo –con redoble de resquemores, esperanzas y reticencias- el 17 de mayo de 1959, en el recóndito paraje montañoso de La Plata, en la Sierra Maestra. Lugar que le sirvió de refugio y puesto de mando a Fidel Castro en sus tiempos de jefe guerrillero.
Después, en el fragor de los vientos huracanados del Ciclón Flora, en 1963, llegó la segunda Reforma Agraria. Esa vez desapareció la propiedad empresarial agraria privada.
Solo quedaron en pie los pequeños campesinos, propietarios con un límite máximo permitido de cinco caballerías de tierra, equivalentes a unas 58 hectáreas. Fue así como nacieron las Granjas Estatales, especie de latifundios estatales que con su minuciosa ineficiencia, le quebraron el espinazo a la floreciente producción agrícola cubana.
Cuando a principio de los 90, se desintegró la Unión Soviética y los países de Europa Oriental enterraron al sistema comunista que los mantenía en el atraso económico y la opresión política, la dictadura cubana ensayó su tercera Reforma Agraria.
Fue un intento de cambiar las viejas e ineficientes estructuras agrarias heredadas del sovietismo ruso, conservando el molde ideológico comunista que les dio origen. Nacieron entonces las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), se auspiciaron Cooperativas de Créditos y Servicios (CCS) y los pequeños agricultores, fueron motivados a integrarse a las Cooperativas de Producción Agropecuaria (CPA).
Fue un intento fallido…ya lo había advertido dos mil años antes Jesús de Nazareth: “nadie pone un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo; pues el nuevo no viene bien con el viejo, y el vestido ha quedado con ello peor que ante”.
Contrario al milenario consejo de la milenario, la nueva estructura agraria que estrena a partir del viernes el raulísmo, parece empeñada en remendar un viejo vestido: El control estatal que ha ejercido el régimen desde hace medio siglo.
La entrega de tierras ociosas en calidad de “usufructo” a las empresas estatales, cooperativas agropecuarias y personas con capacidad de hacerlas producir, no supone un impulso a la iniciativa privada ni mucho menos.
La nueva Ley deja intacto el control del Estado sobre la producción agrícola. La respuesta ofrecida hace algunas semanas, a cuestiones tan importantes cómo la asignación y venta de insumos y aperos de labranza, no es suficiente para poner a producir una tierra cuyas cosechas se tendrán que vender a los precios de un mercado regulado por el gobierno.
Esta será en esencia, la cuarta reforma agraria que ensaya la dictadura cubana. Un ensayo que en opinión de los analistas que he podido consultar está destinado al fracaso. No es así como el general Raúl Castro, podrá resolver los problemas del consumo de alimentos agropecuarios de la población.
Esta especie de minifundio en usufructo, con rigurosos controles estatales, está muy lejos de igualarse con los cambios estructurales que el país necesita. La exitosa experiencia agrícola de China y Viet Nam -regímenes tan antidemocráticos y dictatoriales como el de Cuba- fue posible porque el Estado liberó de su yugo a los sectores productivos agrícolas.
Los sucesores de Mao-Tse Tung y Ho-Chi-Ming, no trataron de “remendar con paño nuevo un vestido viejo”; aunque claro, hay que reconocer que en el caso cubano, todavía no hay en el gobierno genuinos sucesores de Fidel Castro. La razón es obvia.