Este sábado 26 de julio se cumplió un aniversario más del fatídico asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, ocurrido en 1953. Fatídico, porque en el evento perdieron la vida numerosos efectivos de ambos bandos –gente que dormía y gente despistada y gente engañada-, y porque a partir de él ocuparía un lugar en el escenario político cubano quien pocos años después desmontaría el escenario político cubano para convertirlo en su escenario personal: Fidel Castro. Desde entonces, la política dejó de ser política en Cuba.
Este sábado se cumplen también dos años de la salida del escenario político –al menos del escenario, que ya es algo- de quien desmontara el escenario político cubano (¿o lo desmontamos entre todos?). El 26 de julio de 2006 Fidel Castro escenificó su última comparencia pública, a partir de la que su hermano abriría un período de expectativas y promesas a media voz que aún no tiene desenlace. Cuba sigue esperando y Raúl Castro, a la manera de Penélope, continúa aguardando el Ulises que detenga su huida hacia ninguna parte o, más sencillamente, lo libere del peso de tejer.
Del peso de tomar las decisiones que no puede, ni sabe, ni quiere tomar. Porque, ¿qué ha cambiado en estos últimos dos años en Cuba más allá de la salida del escenario político del máximo responsable de la tragedia nacional? Descentralización bajo mínimos de unas tierras que no producirán mientras el Estado continúe impidiendo la apertura económica y la institucionalización de la propiedad privada. Ventas de teléfonos móviles que ya no se venden y que casi nadie puede comprar. Apertura de algunos hoteles al turismo nacional en un país donde sólo hay turistas extranjeros. Entrega de licencias para unos transportistas privados que apenas pueden respirar bajo el peso de las imposiciones gubernamentales.
Por contra, la represión crece, el régimen aumenta la edad de retiro, Raúl anuncia más impuestos, más sacrificio y más control contra una corrupción de la que el totalitarismo es el principal promotor, y las reformas realmente trascendentales brillan por su ausencia.
Mientras Penélope teje su infinito sudario, Ulises es una sombra, una expectativa, un anhelo, un jeroglífico. El tiempo de las reformas, desperdiciado, ha vuelto a ceder paso al tiempo del inmovilismo, mientras desde él y en torno a él revolotean los conjuros de la adversidad: la miseria, el atraso, el despotismo, la desesperación, el cansancio, el desprecio de unos
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