A la edad de 20 años muy pocos o casi nadie piensa en la posibilidad de la muerte. Sin embargo, pasados los 35 años, a lo mejor porque ya hemos experimentado la maternidad o la paternidad, es que comenzamos a pensar que sería de nuestros hijos sin nosotros, y nos preocupa entonces además de cuanto viviremos, el bienestar y la vida de otros.
Fue precisamente en ese espacio de tiempo, que por circunstancias de la vida o por mandato de Dios que conocí una organización maravillosa con un concepto completamente nuevo para mí.
En el año 2001 acepté una oferta de empleo en el departamento de Relaciones Públicas y eventos para el Hospicio Católico. Acepté la posición por ser una organización Católica y porque en ese momento necesita un trabajo inmediatamente.
Aunque me esmeré en mi trabajo e hice todo lo humanamente posible para ser exitosa en mi posición, no fue hasta pasados algunos años que me identifiqué y entregué en cuerpo y alma para esta institución.
Mi madre siendo única hija, como tantas otras personas en nuestra comunidad, tuvo que tomar la difícil decisión después de la muerte de mi abuela a una avanzada edad, de poner a mi abuelo sobreviviente en un acilo para ancianos, claro primero también como muchas otras familias trató de mantener a su ser querido en el núcleo familiar y cuidar de él en casa, pero financieramente imposible y mucho menos con una enfermedad de Alzheimer’s avanzada.
Fue ahí que descubrí la verdadera labor de entrega, servicio, compasión y profesionalismo del programa del Hospicio Católico. Al poco tiempo de ingresar en el acilo fue visible que la enfermedad iba desgastando a mi abuelo y que su reunificación con mi abuela era inminente. El médico recomendó entonces en conjunto con los cuidados del acilo, el programa de Catholic Hospice para mi abuelo, y para poder darle un alivio a mi madre.
El médico explicó algo que ya yo sabía pero cuando la explicación es sobre un ser que ha compartido contigo toda la vida, prestas un poco más de atención, porque ahora duele, ahora es personal.
Cuando el tratamiento médico curativo ya no es opción para un ser querido a veces la atención se centra en asegurarse de que cada día se viva a plenitud. El Hospicio Católico es precisamente eso, el cuidado diario, cuya especialidad es la de satisfacer las necesidades y cumplir las metas del paciente y la familia cuando la vida está por concluir. El centro de atención del Hospicio Católico es la calidad de vida.
Para nosotros es difícil ver a un ser querido en la etapa final de su existencia. Puede que notemos rápidamente cambios físicos, como pérdida de apetito y movilidad. Cambios en temperamento o emocionales, es ahí cuando necesitamos una mano amiga y de apoyo, alguien que nos ayude inclusive a lidiar con nuestras propias emociones y conflictos. Ahí es donde nos preguntamos si estamos tomando decisiones correctas, si debemos hacer por prolongar esa vida, o debemos dejar que Dios disponga la solución.
El hospicio Católico, provee alivio mediante medicamentos para controlar el dolor físico, ofrece auxiliares a domicilio para que brinden cuidados como bañar al paciente y asistirlo en actividades cotidianas, pero más importante aún es la ayuda espiritual y emocional mediante orientación y siguiendo las tradiciones religiosas de cada familia , sean católicos, protestantes o inclusive familias hebreas bajo el programa L’Chaim.
Es difícil entender este concepto y especialmente para las familias latinas, que pueden ver el hospicio como un preludio a la muerte. Hay que experimentar, la dedicación, la compasión y la ayuda del grupo de personas que componen el programa del Hospicio Católico para darse cuenta del valor tan grande y el impacto que puede tener en un paciente y toda su familia.