Hubo un tiempo en que al entonces presidente cubano, Oswaldo Dorticós Torrado, le pusieron en la isla el mote de “presidente cucharita”, por aquello de que “ni pincha ni corta”.
Fue en las primeras décadas de la Revolución, cuando Fidel Castro fungía de Primer Ministro, pero en realidad ejercía ya el poder absoluto como dictador y Máximo Líder.
Después vino todo el cuento de la institucionalización del proceso revolucionario, la Constitución Socialista que se parió en 1976, tras tres lustros de gestación, el advenimiento de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el Consejo de Estado, y Castro como su presidente…así, hasta que por obra y gracia de un percance gastrointestinal el hermano Raúl devino formalmente en el nuevo Presidente el pasado mes de febrero.
Basta una línea para decir que muchos pensaron que las cosas serían distintas, pero se equivocaron. Resulta que el Máximo Líder no murió como todos esperábamos. Ahí está todavía, vivito y coleando, dando órdenes desde su refugio de enfermo, firme al timón del poder. Su hermano, el general presidente, continúa como desde siempre a la sombra de Fidel Alejandro.
Raúl Castro es un perfecto presidente ejecutivo. Funcionario que dicta circulares y conversa por teléfono con sus subordinados. Con el oído siempre atento a lo que diga Fidel, incapaz de contradecirlo en el ejercicio pleno de su poder presidencial.
Por estos días del desastre nacional provocado por los huracanes Gustav e Ike lo anterior se ha puesto en evidencia como nunca antes.
La magnitud de la tragedia fue abordada desde un principio por el dictador encanado. Fue Fidel quien trazó las líneas generales de la estrategia a seguir. Raúl Castro se ha mantenido fuera del escenario. Dos semanas y dos días después apareció por primera vez en público, en una fugaz visita a Isla de Pinos, y casi respondiendo así a las preguntas que se hacían los analistas y la prensa internacional.
Fue una visita de milagro. Por eso se ha ganado entre los cubanos un nuevo apodo: La Milagrosa. Me lo comentó hace unas horas un colega desde La Habana con quien hablé por teléfono; porque en el decir de los pineros, fue una visita milagrosa.
Contrario a lo que hace cualquier jefe de Estado o de Gobierno, que visita de inmediato las zonas de desastre, el general-presidente, se mantuvo ausente y distante de la población afectada. No dio la cara. Se limitó a enviar a sus
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