suscitado por la publicidad, se ventila desde hace mucho tiempo en las sociedades de mercado capitalistas. No es un fenómeno que afectó a los desaparecidos países socialistas, ni afecta a la empobrecida Corea del Norte o la Cuba de hoy. Unicas dos reliquias de aquellos tiempos.
En segundo lugar el reflexionador Fidel se olvida que, los medios cubanos de prensa, no divulgan publicidad comercial. Por lo tanto “sus cuadros” no están sometidos a “la incitación al consumismo”. Ni sus cuadros ni el resto de la población. Toda esa parrafada moralizante dedicada a los peligros del consumismo capitalista y a la batalla de ideas que los militantes revolucionarios tienen que librar contra la publicidad comercial, sobra. En cuanto a ese “peligro” puede descansar tranquilo.
Lo que ocurre en realidad es que Fidel divaga, no reflexiona. Sucede que en los dos últimos años dedica casi todo el tiempo a ver la televisión extranjera y a navegar por Internet. Quizás supone, en medio de su confusión mental, que el resto de sus compatriotas puede hacer lo mismo. Tranquilo, Comandante, que las imágenes que se asoman a la pantalla chica de los cubanos que tengan televisión y electricidad, son mucho menos agradables que los anuncios publicitarios. Son imágenes que no están exentas de riesgo, pero de otra naturaleza.
Hace un par de días Fidel les endilgó a los angustiados lectores cubanos otra parrafada histórica: “Meditando cuidadosamente y analizando en detalle la historia de las últimas décadas, llego a la conclusión, sin chovinismo alguno, de que Cuba cuenta con el mejor servicio médico del mundo”.
Para apuntalar su ejemplo elogió cómo funcionan los policlínicos del país:”Un día, cuando visité uno de esos centros para comprobar su profesionalidad, pedí sin aviso previo alguno que me hicieran un examen de los parámetros vitales; fue uno de los mejores y más rápidos que vi en mi vida”.
¿En qué mundo vive este personaje? No quisiera calificarlo de cínico, ni de demagogo empedernido; basta decir que, al parecer, ha perdido el sentido de la realidad.
El asunto no sería tan grave si sólo se tratara de eso. A fin de cuentas la senilidad es, a veces, una característica de los ancianos. Esas “cosas de viejo” como se califican en lenguaje popular suelen, incluso, ser simpáticas y graciosas.
El problema es que las divagaciones de Fidel se convierten en órdenes que emanan de su poder. Nadie las discute ni las cuestiona.
Siendo ese el caso quizás sería prudente que sacaran a este hombre de su cuarto refrigerado. Que lo aireen. Que tome el sol, aunque sea un rato, junto a los cubanos que amontonan los escombros de sus viviendas. Sería útil que echara un vistazo, aunque sea desde un avión, al desolador panorama que presenta el país. Al fin y al cabo es el resultado de su obra revolucionaria y se merece todo el crédito por haber arruinado a la nación. Quizás lo disfrute.