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Publicado el 10-18-2008

El socialismo español y la dictadura cubana

Por Pablo Alfonso

Si existe alguna medida para ejemplificar en política la obstinación y la insistencia, el socialismo democrático español es una buena muestra. Por lo menos, es lo que podría decirse, en el caso de Cuba.

Desde hace veinte años el socialismo español está empeñado en convertir pacíficamente a la dictadura castrista en un régimen democrático. Una conversión a través de un racional proceso de consensos y realidades. Es una muy buena y loable intención. Lo malo es que el resultado ha sido una política de constante mano tendida, de olvidar desaires y ofensas, de convocar a un diálogo que La Habana ignora desde siempre y de apelar a un pluralismo político, que la esencia totalitaria del castrismo desconoce.

Lo que hoy impulsa el canciller español, Miguel Angel Moratinos, no es nada nuevo. Ya lo ensayó antes el ex presidente del gobierno español Felipe González, a raíz del descalabro del comunismo en Europa y la desaparición de la Unión Soviética. Recordemos que fue a principios de los 90 cuando el ministro estrella de Economía, Carlos Solchaga, empacó sus maletas y aterrizó en La Habana, -siguiendo instrucciones de González- para ayudar al castrismo a reformar su economía, abrirse al mercado y enderezar el camino hacia la democracia.

No hay que olvidar, que dentro de esa misma estrategia, el entonces canciller Javier Solana, propició en Madrid un encuentro exploratorio entre el ministro cubano de Relaciones Exteriores, Roberto Robaina con dirigentes del exilio. El primero y el único, sin mayores consecuencias.

Vale decir que en esa década, el entusiasmo de los socialistas españoles, contagió también a una vieja figura del franquismo, Manuel Fraga Iribarne, quien como presidente de la Xunta de Galicia, no solo le rindió honores a Fidel Castro en Santiago de Compostela, sino que viajó a Cuba y apostó por la conversión de la dictadura a la democracia, quizás pensando en un modelo de “transición a la española”.

Hoy, ese mismo entusiasmo lo comparte el comisario europeo de Desarrollo y Ayuda Humanitaria, Louis Michel, que con renovada esperanza acaba de declarar que tiene “el sentimiento” de que el régimen castrista está interesado en “recobrar los contactos tanto en el terreno de la cooperación como el diálogo político”.

El contagio español, parece que ha llegado hasta el Quai d’Orsay cuyo portavoz, Eric Chevalier, indicó que Francia apoya “el proceso de transición hacia una democracia pluralista y una economía de mercado en Cuba”. Muy bien, pero ¿a cuál proceso se refiere? ¿Hay algún “proceso” en marcha en Cuba en esa dirección? Sería bueno preguntarle a los cubanos que viven en la isla si se respiran aires “de transición hacia una democracia pluralista y una economía de mercado en Cuba”.

La frontera entre el optimismo y la ingenuidad es muy delgada.

En la década de los 90, la estrategia inspirada por España para convertir a la democracia a la dictadura castrista, contó con el entusiasta respaldo de Carlos Salinas de Gortari, Cesar Gaviria y Carlos Andrés Pérez, presidentes de México, Colombia y Venezuela, respectivamente.

Pocos años después Castro se burló en público de todos ellos y esculpió en tinta y papel una cínica explicación: “A todos los escuché con la paciencia de Job y la sonrisa de La Gioconda”.

A Felipe González lo relegó al olvido; las reformas económicas propuestas por Solchaga las redujo a cenizas y terminó acusando a Solana de “traidor” y “genocida”.

El período presidencial de José María Aznar tuvo más de hiel que de miel, en sus relaciones con Cuba, pero tampoco los Populares estuvieron exentos de intentar esa audaz conversión. El abanderado de la diplomacia española de turno, Abel Matutes, quien de alguna manera estaba al parecer vinculado a intereses inversionistas en Cuba, hizo sus pininos en el gastado empeño de bautizar al castrismo con las aguas del Jordán democrático y de libre mercado.

Imagino que Pérez Roque tendrá muy presente que, aquellas aguas turbulentas, arrastraron a su antecesor Robaina y lo depositaron en el banquillo de los acusados.

Puestos a recordar la perniciosa obstinación del socialismo democrático español y su fallida insistencia para convertir, mansamente, a la dictadura en democracia; sería bueno señalar también quién rompió los platos por la parte cubana y quién pagó por ellos.

Nada más y nada menos que el propio Raúl Castro, tuvo a su cargo la presentación “del caso Robaina” ante un pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Sus imputaciones, acusando a Robaina de “deslealtad”, corrupción y de autopromocionarse como ‘candidato’ de la transición poscastrista se difundieron en un vídeo proyectado a los militantes del Partido.

Así lo contaba el diario español El País en su edición del 2 de agosto de 2002:

“Raúl Castro reprocha además a Robaina que ‘sobrepasó todos los límites’ en su relación con el ex ministro español de Asuntos Exteriores Abel Matutes. ‘¿Acaso tú recibiste un mensaje de Fidel para orientar a Matutes de cómo debía abordar el asunto de los grupúsculos contrarrevolucionarios? Tú aconsejaste a Matutes de cómo debía desenvolverse en este asunto con Fidel. ¿A quién informaste de eso? ¿Eso no es deslealtad? Se habla con el enemigo, Robaina, pero no se le dan consejos’, dice Raúl Castro en una parte del vídeo, que dura más de dos horas y recoge la reunión del IV pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, el pasado 7 de mayo en La Habana”.

No sé, pero me da la impresión que el canciller Pérez Roque tiene pesadillas con el asunto.

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