Metropolita de Smolensk y Kaliningrado, visitó nuestro país, le propuse construir en la capital de Cuba una Catedral de la Iglesia Ortodoxa Rusa como un monumento a la amistad cubano-rusa”, subrayó Castro.
Bueno, a ver si se ponen de acuerdo en las versiones y en los tiempos. ¿En que quedamos? Fue en el 2002 o en el 2004. ¿Quién lo propuso? ¿Lo propuso Castro o Gundiaev? Las fechas y los orígenes son importantes en estas cuestiones, sobre todo cuando a cargo de la construcción del templo estuvo nada más y nada menos que el benemérito Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal. Nada, que quizás Don Eusebio pueda servir de árbitro en el asunto y aclarar las discrepancias. Aunque, en realidad, aquí lo que importa y esta detrás de toda esta fanfarria es el intento de relanzar las relaciones entre el dúo Putin-Medevedev y los hermanos Castro. El resto es adorno.
Importa también, como decía al principio, que el viejo dictado, siga sin mostrarse en vivo y en directo ante sus gobernados. Subrayo lo de gobernados porque cada día es más claro que Castro ha retomado las riendas del gobierno, en su calidad de Patriarca fundador y figura máxima de la revolución que lo encumbró en el poder y que ha llevado al país a la sima mas profunda de su historia.
Por cierto que, hablando de patriarcas, ausentes y presentes, creo que vale la pena recordar la novela del colombiano Gabriel García Márquez, “El otoño del Patriarca”, escrita hace ya hace poco mas de siete lustros y que, de cierta manera, resumía en la imagen del Patriarca, -su personaje principal sin otro nombre-, las vidas de los mas prominentes dictadores de nuestras tierras y tiempos.
Ironías del destino, o destellos de la literatura, Castro parece que está siguiendo el guión principal de aquella novela, donde el Patriarca gobernaba desde las sombras; sin hacerse visible desde hacía tanto tiempo que la gente no tenía una idea de cómo era su rostro, petrificado en las fotos de siempre por las cuales no pasaba el tiempo.
Por eso cuando lo encontraron muerto en su despacho “era difícil reparar que aquel anciano irreparable fuera el mismo hombre mesiánico que en los orígenes de su régimen aparecía en los pueblos a la hora menos pensada…”.
Fue difícil porque “los órganos oficiales del régimen” aprovechaban cualquier notable ocasión “para desmentir las suposiciones de enfermedades raras con actos inequívocos de la vitalidad del hombre del poder, se renovaron las consignas, se hizo público un mensaje solemne en que él había expresado mi decisión única y soberana de que estaré en mi puesto al servicio de la patria…”
Y así hasta el fin verdadero de su tiempo. Que cosa curiosa, ¿verdad?