ese país, Cristina Fernández, que interceda por ella ante el régimen de Raúl Castro durante su próxima visita a Cuba, prevista para el 12 de enero. Es una gestión más entre decenas de ellas.
“Le envié una carta porque es una persona que se ha dedicado a la defensa de los Derechos Humanos. Yo respeto mucho a la presidenta”, dijo Molina en una entrevista con la emisora argentina Radio 10. “Se lo pido como una cuestión humanitaria. Mi condición de madre y abuela es completamente diferente a mi condición de disidente”.
En fin, el caso del señor Lage puede ser más simple, menos sofisticado. Quizás únicamente es un despistado. Le sucede como al ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Felipe Pérez Roque, quien desconoce la existencia de presos políticos en Cuba.
Hay que recordar que hace un par de meses el canciller Pérez declaró en Madrid que en Cuba no hay presos políticos. Se lo espetó casi en el rostro a su homólogo español, Miguel Angel Moratinos, y quedó tan fresco como una lechuga…y Moratinos tan silencioso como una tumba.
No hay que culpar al señor Lage ni a Pérez por estos excesos. Sus declaraciones son el reflejo de una realidad más profunda que se vive en la isla. La utilización del sofisma, el lenguaje encubierto y los intentos por falsear la verdad, sirven a los funcionarios del régimen, como un exorcismo con el que pretenden presentar un país ficticio.
Es el mismo país que, desde su refugio de enfermo, Fidel Castro describe como un ilusionado en sus columnas periodísticas de opinión. Un país, que según Castro, tiene el mejor sistema de salud y de educación del mundo, entre otras cosas.
Así lo describe Castro, mientras los cubanos que necesitan ingresar en un hospital, junto a otras carencias más graves, luchan por conseguir una simple sábana para tender su cama de enfermo. Entre el mundo imaginario que describe Castro, las falacias del canciller Pérez y las cínicas afirmaciones del señor Lage, no hay mucha diferencia.