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Publicado el 12-20-2008

Carlos Lage y la barbarie

Por Pablo Alfonso

No es una buena práctica enseñar la soga en la casa del ahorcado. Y ahora, que estamos en época de Navidad, tampoco viene mal recordar el reproche de Jesús a los hipócritas que miran la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el suyo propio.

El señor Carlos Lage Dávila, vicepresidente del Consejo de Estado y miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba, hizo la pasada semana una declaración que muy bien podría relacionarse con todo eso de la soga, el ahorcado, la viga y la paja.

“Es un acto de barbarie prohibirle a un ciudadano visitar a su familia”, dijo Lage en Matanzas, citado por la agencia oficial Prensa Latina.

Estoy de acuerdo; sólo que el señor Lage se refería en exclusiva a las restricciones de viajes familiares a Cuba, vigentes desde 1994 en Estados Unidos. Su mirada se enfoca en la paja del ojo ajeno.

Como no me gusta juzgar, prefiero atribuirle al señor Lage el beneficio de la duda. Quién sabe, tal vez estaba utilizando el tema para expresar su opinión oculta y aprovechó para afirmar que, en efecto, “es un acto de barbarie prohibirle a un ciudadano visitar a su familia”.

Lo digo porque el señor Lage, en razón de los cargos oficiales que ostenta, estará al tanto de las prohibiciones impuestas a centenares de cubanos, residentes en la isla, a quienes su gobierno les impide reunirse con sus familiares –padres, madres, esposos, hijos, etc- en el extranjero, por múltiples razones, imposibles de enumerar en tan corto espacio.

Por lo menos no creo que ignore el caso de la doctora Hilda Molina, quien lleva más de una década esperando que el gobierno cubano le permita viajar a Argentina para reunirse con su hijo y conocer a sus nietos. De nada han servido las gestiones diplomáticas y los pedidos de más de un presidente argentino.

La neurocirujana, fundadora del Centro Internacional de Restauración Neurológica de La Habana y ex diputada a la Asamblea Nacional, está retenida en Cuba, al parecer, por orden expresa de Fidel Castro quien no le perdona la renuncia que hizo de sus cargos en 1994.

La cito como ejemplo porque es el caso más representativo. También porque la doctora Molina acaba de enviar una carta a la embajada argentina en La Habana en la que pide a la presidenta de ese país, Cristina Fernández, que interceda por ella ante el régimen de Raúl Castro durante su próxima visita a Cuba, prevista para el 12 de enero. Es una gestión más entre decenas de ellas.

“Le envié una carta porque es una persona que se ha dedicado a la defensa de los Derechos Humanos. Yo respeto mucho a la presidenta”, dijo Molina en una entrevista con la emisora argentina Radio 10. “Se lo pido como una cuestión humanitaria. Mi condición de madre y abuela es completamente diferente a mi condición de disidente”.

En fin, el caso del señor Lage puede ser más simple, menos sofisticado. Quizás únicamente es un despistado. Le sucede como al ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Felipe Pérez Roque, quien desconoce la existencia de presos políticos en Cuba.

Hay que recordar que hace un par de meses el canciller Pérez declaró en Madrid que en Cuba no hay presos políticos. Se lo espetó casi en el rostro a su homólogo español, Miguel Angel Moratinos, y quedó tan fresco como una lechuga…y Moratinos tan silencioso como una tumba.

No hay que culpar al señor Lage ni a Pérez por estos excesos. Sus declaraciones son el reflejo de una realidad más profunda que se vive en la isla. La utilización del sofisma, el lenguaje encubierto y los intentos por falsear la verdad, sirven a los funcionarios del régimen, como un exorcismo con el que pretenden presentar un país ficticio.

Es el mismo país que, desde su refugio de enfermo, Fidel Castro describe como un ilusionado en sus columnas periodísticas de opinión. Un país, que según Castro, tiene el mejor sistema de salud y de educación del mundo, entre otras cosas.

Así lo describe Castro, mientras los cubanos que necesitan ingresar en un hospital, junto a otras carencias más graves, luchan por conseguir una simple sábana para tender su cama de enfermo. Entre el mundo imaginario que describe Castro, las falacias del canciller Pérez y las cínicas afirmaciones del señor Lage, no hay mucha diferencia.

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