WASHINGTON -- Cuando el presidente electo Barack Obama visitó Israel en julio -- de hecho, a la mismísima ciudad cuyos repetidos bombardeos culminaron en los nuevos combates en Gaza este fin de semana --, prácticamente aprobó los ataques punitivos israelíes que ahora se están llevando a cabo.
“Si alguien lanzara cohetes a mi casa, donde duermen mis dos hijas por la noche, haría todo lo que estuviera en mi poder para detenerlo”, dijo a los reporteros en Sderot, una pequeña ciudad en los límites de Gaza, que ha sido atacada en repetidas ocasiones con fuego de cohetes. “Y esperaría que los israelíes hicieran lo mismo”.
Ahora, la presidencia de Obama empezará enfrentando las consecuencias de justamente un contraataque así, uno de los más mortíferos contra los palestinos en décadas, lo que le presentará otra crisis extranjera más con la cual lidiar al momento en que ponga un pie en la Casa Blanca el 20 de enero, aun cuando él y sus asesores han batallado en extremo para centrarse en los problemas económicos del país.
Desde su elección, Obama ha dicho pocas cosas específicas sobre su política exterior -- en contraste con observaciones más a detalle sobre la economía. El y sus asesores han diferido preguntas -- los críticos podrían decir que las han evitado --, diciendo que hasta el 20 de enero, sólo el presidente Bush hablaría por el país como Presidente y comandante en jefe. “El hecho es que sólo hay un Presidente en un momento dado”, dijo David Axelrod, asesor sénior de Obama, en “Face the Nation” de CBS el domingo, reiterando una frase que se ha convertido en un mantra de la transición. “Y ese Presidente ahora es George Bush”.
Obama, de vacaciones en Hawái, habló con la secretaria de Estado Condoleezza Rice. “Pero el Gobierno de Bush tiene que hablar por Estados Unidos ahora”, comentó Axelrod. “Y no sería apropiado que yo opinara sobre estos asuntos”. No obstante, como lo muestran los combates en Gaza, los acontecimientos en el mundo no necesariamente esperan el día de toma de posesión en Estados Unidos.
Aun antes de que se volviera a recrudecer el conflicto, India y Pakistán anunciaron movimientos de tropas que han generado temores de una confrontación militar después de los ataques terroristas en Bombay. Corea del Norte evadió un acuerdo final sobre la verificación del desmantelamiento nuclear a principios de este mes, mientras que Irán sigue retrasando el esfuerzo internacional por detener sus programas nucleares. Y aún están en efervescencia las dos guerras estadounidenses en Irak y Afganistán. Todo ello exige su atención inmediata.
La elección de Obama ha generado expectativas, entre aliados y enemigos por igual, de que se avecinan nuevas políticas estadounidenses, lo que ejerce más presión sobre él para que envíe señales con mayor rapidez en cuanto a lo que pretende hacer. En el caso de Israel y los palestinos, Obama no ha dado indicios de tener ideas mejores que las que tuvo Bush para resolver el conflicto existencial entre los israelíes y Hamás, el movimiento palestino que controla a Gaza.
“Lo que hace esto, es presentarle al Gobierno entrante la urgencia de una crisis sin la capacidad para hacer gran cosa al respecto”, comentó Aaron David Miller, un académico del Centro Woodrow Wilson en Washington y autor de “The Much Too Promised Land” (La tierra demasiado prometida), una historia de los esfuerzos de paz israelí-palestinos. “Ese es el peor resultado de lo que está sucediendo en este momento”.
El reinicio de los combates -- y la condena internacional del alcance de la respuesta israelí -- ya ha roto las limitadas esperanzas de un avance rápido en el proceso de paz que inició Bush en Annapolis, Maryland, en noviembre de 2007. La omisión de Hamás en cualquiera de las conversaciones entre los israelíes y el presidente Mahmoud Abbas, quien sólo controla la Rivera Occidental, siempre ha sido una mina terrestre que ponía en riesgo de explotar a un proceso de paz difícil y delicado, pero lo mismo ha sucedido con las divisiones políticas internas de Israel.
Obama podría tener poco que ganar estableciendo una agenda ambiciosa para una situación tan inextricable como el conflicto palestino-israelí. Sin embargo, el conflicto en Gaza, al igual que las tensiones en aumento entre India y Pakistán, indican que es posible que no tenga otra opción. “Se puede ignorar, se le puede pasar a segundo plano, pero siempre saltará para morderte”, manifestó Ghaith Al-Omari, un palestino, ex negociador de la paz.
Para Obama, la interrogante es particularmente intensa desde que ganó las elecciones, en parte, con la promesa de restaurar la imagen de Estados Unidos en todo el mundo. Asumirá el cargo con expectativas elevadas, particularmente entre los musulmanes de todo el mundo, en cuanto a que se esforzará en ocuparse del conflicto árabe-israelí.
Al inicio de su candidatura, Obama sugirió que no necesariamente se oponía a las negociaciones con organizaciones como Hamás, aunque pasó gran parte de su campaña retrocediendo de esa posición bajo el fuego de los críticos.
Para cuando llegó a Israel en julio, indicó que ni siquiera consideraría las conversaciones sin un cambio fundamental de Hamás y de su comportamiento, efectivamente acercando su política más a la de Bush. “En términos de las negociaciones con Hamás, es muy difícil negociar con una organización que no es representativa de un Estado nación, no reconoce tu derecho a existir, ha usado sistemáticamente el terrorismo como un arma, y está profundamente influenciada por otros países”, dijo en ese entonces.
Obama sostuvo una sesión informativa sobre inteligencia el domingo y planeaba hablar ya noche ese día con su secretaria de Estado designada, Hillary Clinton, y su elección como asesor en seguridad nacional, James L. Jones, según Brooke Anderson, una vocera.