Para la dictadura castrista se aproxima el tiempo en que tendrá que dejar de vivir del cuento. No será fácil, después de cincuenta años de esa práctica ininterrumpida. ¡Esa si será una tarea de héroes: enterrar ese hábito y enfrentar la realidad!
La dictadura castrista ha vivido del cuento desde que se instauró en el poder. En los primeros tiempos vivió del cuento de la revolución nacionalista y el rescate de las instituciones republicanas democráticas, que atropelló el golpetazo militar batistiano. Fue un tiempo breve.
Después vivió del cuento paradigmático de la revolución latinoamericana; del socialismo sui-géneris, tropical y pachangazo, que tuvo su escala mayor con la revolución tricontinental.
“Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos”, llegó a decir en una ocasión Fidel Castro en medio de un exaltado discurso revolucionario. ¡Eso es mucho decir! ¿De que tamaño es ese “nosotros mismos”? Todo un ego en confesión pública.
El cuento castrista estuvo idealizado por intelectuales soñadores y revolucionarios de profesión. Fue un cuento cruento que se alimentó con sangre de guerrilleros y soldados en diversas latitudes.
De ese cuento, convertido en tragedia, devino el tiempo del marxismo-leninismo, del hombre nuevo, de los países hermanos del campo socialista y de la glorificación soviética, hasta que el encanto se rompió cuando se hizo añicos el Muro de Berlín y desapareció la Unión Soviética.
Imposible resumir en tres párrafos el cuento de los vaivenes ideológicos de la dictadura castrista. Hay otros cuentos también que merecerían comentarios apartes: el embargo estadounidense, por ejemplo, que junto a innegables quebraderos de cabeza, le ha proporcionado a la dictadura jugosos dividendos políticos.
Cuando la dictadura dejó de recibir los millones de dólares con los cuales la URSS subsidió su avanzada comunista en este hemisferio, se esfumó el cuento de “los logros de la revolución”. Salió a flote la dependencia. El rey quedó desnudo. Entonces sobrevino “el período especial” y el cuento “del doble bloqueo”.
Cuando las carencias comenzaron a salir tímidamente del abismo, de la mano de los petrodólares chavistas, se aviva el cuento de que una pequeña nación, aislada y bloqueada por el imperio más poderoso del mundo, lo reta y sobrevive. Sólo desde un escenario teatral se puede hacer tal afirmación. Lo cierto es que Cuba agoniza, no sobrevive. Son términos diferentes. Sobrevivir es más que agonizar.
Para infortunio de los cubanos el legado cuentístico de la dictadura se ha insertado en el seno de la sociedad. Su savia circula a todos los niveles, se manifiesta con mayor intensidad en la cúpula del poder -de donde proviene-, pero alcanza desde funcionarios gubernamentales hasta al más desconocido de los opositores; pasando por intelectuales, académicos, deportistas, artistas, religiosos, trabajadores, amas de casa, y un largo etcétera.
Vivir del cuento se ha hecho para muchos cubanos, dentro y fuera de la isla, un estilo de vida, inoculado por cincuenta años de dependencia, de paternalismo estatal, de doble moral y de hacer como el avestruz, para no enfrentar la realidad.
Digo muchos cubanos, lo cual no incluye, por fortuna, a toda la sociedad. Pero la tendencia es preocupante, sobre todo en tiempos como estos; cuando ya es imposible seguir mirando al pasado, viviendo de historias.
El equipo de viejos cuentistas que integra “la dirección revolucionaria” y “su alternativa decadente” lo saben mejor que nadie. Para ellos no hay futuro y hasta que puedan, tratarán de iluminar el presente con los cuentos pasados.
El cuento paternalista de la dictadura tiene su meta: “Corresponde a la dirección histórica de la Revolución preparar a las nuevas generaciones para asumir la enorme responsabilidad de continuar adelante con el proceso revolucionario”, dijo Castro en su discurso del 1 de enero en Santiago de Cuba.
Cincuenta años de cuentos son suficientes. Ya es hora de organizar el funeral. ¡Y hay mucho que enterrar!