culminan con una visita al mito revolucionario convaleciente, no ha sido exitosa.
¿Qué tiene que aportar a estas alturas, a sus ilustres invitados Fidel Castro? ¿Cuál es el entusiasmo que los mueve a desear con fervor, posar a su lado en una foto que sirva de testimonio de tan esperado encuentro?
Para la primera pregunta no tengo respuesta objetiva, porque dudo que la experiencia acumulada de Fidel Castro sea transferible por razones de tiempo histórico, ni rescatable por razones de salud.
La segunda pregunta tiene que ver con el fenómeno del mito revolucionario y también, en ocasiones, del oportunismo político. Fidel Castro se ha convertido en un ícono del anti-imperialismo con nombre y apellidos: Estados Unidos. Es un sobreviviente de la Guerra Fría, y del populismo revolucionario de los sesenta.
Para la generación que se forjó en la política de aquellos años, algunos de cuyos miembros, han llegado hoy al poder, Fidel Castro es una figura que merece reverencia.
A los mitos los defiende la leyenda. No necesitan dar explicaciones. Todo se le perdona, en el mito se cree sin cuestionamientos.
A ninguno de los reverentes jefes de Estado que visitan La Habana por estos días, ni tampoco a muchos de quienes visitaron a Cuba antes, les importa saber si es verdad que el sistema cubano de salud es tan bueno como le predican; si el sistema de enseñanza, educa y forma; si en las cárceles cubanas languidecen los prisioneros; si los cubanos pueden expresarse libremente y actuar en consecuencia con sus ideas sin que ese ejercicio ciudadano los lleve a la cárcel.
La lista es larga y para mí, los reverentes jefes de Estado que visitan La Habana, no requieren de explicaciones ni respuestas. En estos casos a los cubanos nos vendría bien recordar el silencio de Jesús ante las preguntas de Pilatos.