La visita a Cuba del presidente de Guatemala, Alvaro Colom, ha levantado una polvareda política en su país, reacciones de rechazo en el exilio cubano y hasta asombro en otros sectores.
En realidad no hay razones para sorprenderse. Quizás lo que se requiere es aclarar las circunstancias en que las que el mandatario guatemalteco se sumó al desfile presidencial latinoamericano por La Habana de las ultimas semanas. Es cuestión de hurgar en los antecedentes y de situar en contexto algunas realidades.
En primer lugar hablemos de preferencias y de simpatías políticas. Esta no fue la primera visita de Colom a Cuba. Antes de asumir la presidencia de Guatemala ya lo había hecho en dos oportunidades anteriores.
Alvaro Colom Caballeros se casó en La Habana con Sandra Torres, la actual primera dama guatemalteca, en febrero de 2002. Aunque católico practicante, Colom está investido también como sacerdote maya. Su boda habanera, fue una ceremonia realizada bajo el ritual maya, celebrada en una de las lujosas casas de protocolo que el régimen cubano tiene en el exclusivo reparto Siboney, para las personalidades ilustres o compañeros de viaje que visitan el país.
Un año después Colom disputaba la presidencia de Guatemala, como líder de una coalición de centroizquierda, La Unidad de la Esperanza. Fue derrotado en segunda vuelta por el candidato, Oscar Berger, de la Gran Alianza Nacional, una coalición de derecha.
Colom viajó a Cuba de nuevo en el 2005, continuó su actividad política cultivando a las comunidades de origen maya, que representan el 60 por ciento de la población de Guatemala y en enero del pasado año, asumió finalmente la presidencia del país.
Durante todo ese tiempo Cuba incrementó notablemente la asistencia médica que comenzó a ofrecer a Guatemala desde que hace once años ambos países restablecieron sus relaciones diplomáticas.
Más de 3.500 médicos cubanos han trabajado en Guatemala enviados por La Habana. En la actualidad unos 400 profesionales de la salud prestan servicios en Guatemala. En Cuba se han graduado más de 620 jóvenes guatemaltecos —sobre todo en medicina y deportes— y otros 609 cursan estudios, la mayor parte de ellos como becados en la Escuela Latinoamericana de Medicina.
No hay dudas de que esta diplomacia de “las batas blancas” como algunos la llaman le ha rendido excelentes dividendos al régimen castrista.
El respaldo diplomático que Cuba recibe en los foros internacionales y en los organismos de Naciones Unidas, desde su Asamblea General en New York hasta el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra, se sustenta en esa “asistencia solidaria desinteresada”.
Por eso decía al comienzo de este comentario que no hay muchas razones para el asombro al analizar la visita de Colom a La Habana.
El asombro y la polémica habría que ubicarla en otro contexto. Sorprende, por ejemplo, ese “mea culpa” de Colom pidiendo disculpas, como Jefe de Estado, porque los miembros de la Brigada de Asalto 2506, que desembarcaron en Bahía de Cochinos en 1961, se entrenaron en territorio guatemalteco.
Sobre todo porque esa disculpa a destiempo del presidente Colom, no mencionó en absoluto que bajo el liderazgo de Fidel Castro, Cuba dio apoyo militar, estratégico y económico a las guerrillas guatemaltecas en un sangriento conflicto que duró más de 20 años y se saldó con la cifra de 250,000 muertos y desaparecidos.
El otro asombro y la otra polémica tiene que ver con la decisión de otorgar a Fidel Castro, la Orden del Quetzal, en el Grado de Gran Collar, la más alta condecoración del Estado de Guatemala. No hay dudas que “el agradecimiento” de Colom rebasó los límites de lo razonable.
Yo diría, además, que superó también los límites de la ingenuidad. Colom se imaginaba en La Habana, buscando la foto con el viejo ícono revolucionario, mientras le colgaba al cuello el collar con la imagen de la hermosa ave centroamericana. Así lo había anticipado el canciller guatemalteco, Haroldo Rodas.
Sin embargo, el presidente Colom tuvo que conformarse con entregar el galardón a Raúl. Castro no quiso que le colgaran al cuello la Orden del Quetzal. Con todo el tiempo que tiene para meditar, Castro quizás tenía muy en cuenta que la Orden del Quetzal fue instaurada por el dictador Jorge Ubico Castañeda (1930-1944), que presidió el primer Gobierno latinoamericano en reconocer al régimen de Francisco Franco, en 1936. Entre sus galardonados se encuentran personalidades como Benito Mussolini, y los también dictadores Alfredo Stroessner, de Paraguay; Augusto Pinochet, de Chile; Jorge Videla, de Argentina, y el boliviano Hugo Bánzer.
Incluso pudo recordar también que otro de los galardonados, Alfonso Bahuer Paiz, uno de los intelectuales de izquierda más respetados de Guatemala, se negó a recibir esa distinción.
Quizás fue por eso que, para consolar a Colom, el general presidente, Raúl Castro le despidió en el Aeropuerto y declaró a la prensa que “el compañero Fidel” sólo recibe a las damas; no puede recibir a todos los presidentes.