en los organismos de Naciones Unidas, desde su Asamblea General en New York hasta el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra, se sustenta en esa “asistencia solidaria desinteresada”.
Por eso decía al comienzo de este comentario que no hay muchas razones para el asombro al analizar la visita de Colom a La Habana.
El asombro y la polémica habría que ubicarla en otro contexto. Sorprende, por ejemplo, ese “mea culpa” de Colom pidiendo disculpas, como Jefe de Estado, porque los miembros de la Brigada de Asalto 2506, que desembarcaron en Bahía de Cochinos en 1961, se entrenaron en territorio guatemalteco.
Sobre todo porque esa disculpa a destiempo del presidente Colom, no mencionó en absoluto que bajo el liderazgo de Fidel Castro, Cuba dio apoyo militar, estratégico y económico a las guerrillas guatemaltecas en un sangriento conflicto que duró más de 20 años y se saldó con la cifra de 250,000 muertos y desaparecidos.
El otro asombro y la otra polémica tiene que ver con la decisión de otorgar a Fidel Castro, la Orden del Quetzal, en el Grado de Gran Collar, la más alta condecoración del Estado de Guatemala. No hay dudas que “el agradecimiento” de Colom rebasó los límites de lo razonable.
Yo diría, además, que superó también los límites de la ingenuidad. Colom se imaginaba en La Habana, buscando la foto con el viejo ícono revolucionario, mientras le colgaba al cuello el collar con la imagen de la hermosa ave centroamericana. Así lo había anticipado el canciller guatemalteco, Haroldo Rodas.
Sin embargo, el presidente Colom tuvo que conformarse con entregar el galardón a Raúl. Castro no quiso que le colgaran al cuello la Orden del Quetzal. Con todo el tiempo que tiene para meditar, Castro quizás tenía muy en cuenta que la Orden del Quetzal fue instaurada por el dictador Jorge Ubico Castañeda (1930-1944), que presidió el primer Gobierno latinoamericano en reconocer al régimen de Francisco Franco, en 1936. Entre sus galardonados se encuentran personalidades como Benito Mussolini, y los también dictadores Alfredo Stroessner, de Paraguay; Augusto Pinochet, de Chile; Jorge Videla, de Argentina, y el boliviano Hugo Bánzer.
Incluso pudo recordar también que otro de los galardonados, Alfonso Bahuer Paiz, uno de los intelectuales de izquierda más respetados de Guatemala, se negó a recibir esa distinción.
Quizás fue por eso que, para consolar a Colom, el general presidente, Raúl Castro le despidió en el Aeropuerto y declaró a la prensa que “el compañero Fidel” sólo recibe a las damas; no puede recibir a todos los presidentes.