fondos públicos.
Hacía ya casi dos años que Daniel Ortega no se entrevistaba con Fidel. Su último encuentro fue en junio de 2007, cuando viajó a La Habana tras proclamarse ganador en las elecciones presidenciales de enero de ese año.
Esta vez Daniel llegó a La Habana el pasado 6 de abril y se entrevistó durante cuatro horas con Castro. Le mostró el borrador de la Declaración Final de la Cumbre de las Américas. Ultimaron los detalles de su discurso en la cita hemisférica y el show mediático de la reunión del ALBA en la ciudad venezolana de Cumaná.
Allí Raúl Castro interrumpió agitado la reunión mientras hablaba Daniel, tumbó hasta el micrófono y soltó aquello de que estaba dispuesto “a discutirlo todo, todo, todo con Estados Unidos”. Ni siquiera faltó la disculpa obligada a Daniel ni la broma pedante por haber “abusado del poder” quizás porque andaba “vestido de militar”.
A partir de entonces se dispararon las alarmas en los pasillos de las cancillerías y en las redacciones de los medios de comunicación. Puede que, incluso, no haya faltado algún que otro campanazo en las torres de algunos templos. ¡Al fin, el régimen castrista, decidía sentarse a negociar con Washington, medio siglo de desencuentros!
El final de la comedia es conocido. Castro anunció que Raúl fue “malinterpretado”. Que no quiso decir lo que dijo. Que la Cumbre de las Américas fue un bochorno, un fracaso. Que su Revolución seguirá adelante, mientras que dentro de ocho años, un nuevo presidente llegará a la Casa Blanca.
Daniel fue el testigo de excepción. Allí estaba en la televisión cubana, disfrutando los minutos de gloria que le concedió su padre político. El circo continúa.