El ALBA tiene un nuevo lucero. Por supuesto que no me refiero al planeta Venus, ese lucero del alba que nos regala cada amanecer sus hermosos reflejos de luz. Se trata de un satélite opaco carente de luz propia.
Se llama Daniel Ortega, es presidente de Nicaragua, y se ha convertido en los últimos días –por obra y gracia de la propaganda castrista-, en lúcido estadista, analista político estrella de la Mesa Redonda de la televisión cubana y en el nuevo hijo pródigo de su padre ideológico, Fidel Castro.
Daniel, como le llaman sus íntimos, consumió la pasada semana cincuenta minutos ante las cámaras de televisión, del poco tiempo concedido a los presidentes que asistieron a la Cumbre de las Américas, en Trinidad Tobago. Todo un récord en este tipo de eventos internacionales.
Lo peor es que fue un precioso tiempo perdido. Un relato quejumbroso, al viejo estilo de la retórica anti norteamericana, extraído de las bodegas en desuso de la extinta Guerra Fría. Dicen que su discurso fue diseñado en La Habana, aunque es obvio que carecía de la garra histriónica de su progenitor político.
A Daniel le tocó hablar en la apertura de la Cumbre de las Américas en nombre de Centroamérica y El Caribe. Así se programó en la agenda y esa circunstancia no la pasó por alto el maquinador de intrigas políticas, que pasa sus últimos días rumiando sus odios, en su fortificada residencia habanera.
Ni para el viejo dictador, ni para el hermano que lo representa al frente de la dictadura más larga de nuestro hemisferio, había una silla, en esa heterogénea reunión de presidentes que comparten una característica común: Todos han sido elegidos en procesos electorales multipartidistas. No la hubo porque el castrismo carece de esa característica.
Sin embargo Castro se las ingenió para movilizar en el escenario a algunas de sus marionetas. En la mejor tradición del teatro guiñol, Daniel se llevó el premio.
Como el clásico mago saca de su sombrero al consabido conejo de orejas largas, apropiadas para la ocasión; Castro sacó a Daniel del desván de sus desprecios para ponerlo en escena. Ya no tiene mejores opciones. Así es que no tuvo más remedio que otorgarle el estrellato al decadente guerrillero sandinista que pactó el poder con el ex presidente nicaragüense Arnoldo “El Gordo” Alemán, convicto de corrupción, lavado de dinero y malversador de fondos públicos.
Hacía ya casi dos años que Daniel Ortega no se entrevistaba con Fidel. Su último encuentro fue en junio de 2007, cuando viajó a La Habana tras proclamarse ganador en las elecciones presidenciales de enero de ese año.
Esta vez Daniel llegó a La Habana el pasado 6 de abril y se entrevistó durante cuatro horas con Castro. Le mostró el borrador de la Declaración Final de la Cumbre de las Américas. Ultimaron los detalles de su discurso en la cita hemisférica y el show mediático de la reunión del ALBA en la ciudad venezolana de Cumaná.
Allí Raúl Castro interrumpió agitado la reunión mientras hablaba Daniel, tumbó hasta el micrófono y soltó aquello de que estaba dispuesto “a discutirlo todo, todo, todo con Estados Unidos”. Ni siquiera faltó la disculpa obligada a Daniel ni la broma pedante por haber “abusado del poder” quizás porque andaba “vestido de militar”.
A partir de entonces se dispararon las alarmas en los pasillos de las cancillerías y en las redacciones de los medios de comunicación. Puede que, incluso, no haya faltado algún que otro campanazo en las torres de algunos templos. ¡Al fin, el régimen castrista, decidía sentarse a negociar con Washington, medio siglo de desencuentros!
El final de la comedia es conocido. Castro anunció que Raúl fue “malinterpretado”. Que no quiso decir lo que dijo. Que la Cumbre de las Américas fue un bochorno, un fracaso. Que su Revolución seguirá adelante, mientras que dentro de ocho años, un nuevo presidente llegará a la Casa Blanca.
Daniel fue el testigo de excepción. Allí estaba en la televisión cubana, disfrutando los minutos de gloria que le concedió su padre político. El circo continúa.