La capacidad de perpetuar la vida es uno de los privilegios más asombrosos de la creación y es quizás uno de las maneras en la que hasta el ser más humilde puede experimentar el regocijo de que algo verdaderamente valioso le pertenece.
Los hijos, el resultado perfecto del más sublime de los sentimientos, consagran a los padres en una vocación de entrega ilimitada que se prolonga en ellos, su descendencia y así en lo sucesivo, y en el caso particular de las mujeres, gracias a la maternidad ese amor incondicional tan intenso como indescriptible, se convierte en la fuerza que más allá del dolor, el tiempo y la distancia, se puede percibir.
La madre es una presencia constante en cualquiera de las circunstancias. De pequeños, la madre es protección, la mano que guía, el amparo, el abrigo y la seguridad. De adultos, es el remanso, el lugar a donde vamos cuando las tribulaciones del mundo nos agobian, el consejo que aunque en la adolescencia nos pudo parecer regaño, ahora procuramos por necesidad.
¿Cuán especial es una madre?
Al principio, cuando se adquiere esta responsabilidad, uno ni siquiera lo percibe hasta que tomas conciencia que la vida de esa persona depende en gran medida de ti. Algo similar le ocurrió a Mileidys Rizo cuando su hija Daniela enfermó a los cuatro meses de nacida y junto con la alegría de tenerla sintió por primera vez la necesidad de sentir el aliento de su bebita para entonces poder ella respirar.
Y quizás lo más especial de este amor es su capacidad infinita de multiplicarse porque cuando es más de un hijo el que se tiene, “la madre reparte todo entre todos”, como dijera esta joven refiriéndose a las dos niñas y el bebé de ocho meses.
Cuando se alcanza la plenitud de la vida, la madre se renueva con los nietos. La experiencia y toda la sabiduría adquirida con los años enriquecen ese sentir “y te detienes entonces en los detalles que con los hijos dejaste pasar porque en la juventud no se tiene conciencia de que el tiempo es irreversible”, así comenta Zenaida Cabrera a partir de su experiencia.
“Las abuelas tenemos la capacidad de ser más condescendientes. Nos convertimos en madres por segunda vez y disfrutamos a plenitud el poder compartir con los niños. Siendo capaz de un requerimiento en el momento apropiado, la abuela siempre comprende y perdona”.
¿Qué hacer con las ausencias en el día de honrar a las madres?
Puede que este día sorprenda a la madre extrañando al hijo ausente. Puede que por el decursar indetenible del tiempo sea ella quien no esté más, pero en un día de homenajes no debemos dejar espacio a la tristeza porque el recuerdo de alguien querido no merece empeñarse con pesares y llanto.
Una antigua tradición para denotar el afecto por las madres en ese día especial requería el uso de una flor, que dependiendo del color evocaba a la madre presente o en la memoria.
Retomar esta y otras costumbres como almuerzos y domingos compartidos puede alegrarnos o aliviar el espíritu, en esta fecha de celebraciones y recuerdos, donde madres e hijos y familias enteras disfrutando momentos irrepetibles e inolvidables escriben episodios del amor cotidiano que no se quebranta ni en la distancia, ni con el tiempo.