La última generación de cubanos ignora en su mayoría de que se trata el caso Ochoa-La Guardia. Muchos de ellos ni siquiera han oído hablar del tema. No es nada extraño si tenemos en cuenta que los medios oficiales de prensa han sepultado en el silencio, aquel sonado caso de narcotráfico, intrigas políticas y rencillas personales.
Los jóvenes que hoy tienen 25años apenas comenzaban a corretear bajo la mirada de sus padres, cuando en las pantallas de la televisión nacional se escenificaba una parodia judicial, que no tiene nada que envidiar a la serie por entrega de la más renombrada telenovela.
Fue un proceso político-judicial que concluyó con el fusilamiento del general de división, Arnaldo Ochoa Sánchez, Héroe de la República de Cuba, su ayudante el capitán Jorge Martínez y del coronel del ministerio del Interior, Antonio de la Guardia y su subordinado el mayor Amado Padrón.
La purga se llevó por delante desde el ministro del Interior, José Abrantes, hasta generales, coroneles y oficiales de cualquier rango en el entonces poderoso MININT.
Todavía hoy, con la distancia de los 20 años que nos separan de los hechos, permanecen oscuras las causas profundas de la crisis más importante que haya sacudido los estamentos del poder castrista.
Los arrestos comenzaron el 12 de junio. Dos días después el diario Granma daba cuenta de ello en un escueto comunicado. Esa misma noche, Raúl Castro, en su carácter de ministro de las Fuerzas Armadas, pronunciaba un confuso discurso ante un auditorio colmado de los más altos jefes militares de las Fuerzas Armadas. Todos obedientes y leales ante el poder, renegaron con su silencio cómplice, del compañero de armas caído en desgracia.
En sólo 30 días la “justicia castrista” liquidó el tema. Tramitó el expediente contra los encartados con eficiencia y precisión de relojería suiza.
Al principio el caso del general Ochoa, que llegaba victorioso de la guerra de Angola y había sido designado para ocupar la jefatura del Ejército de Occidente, parecía un asunto de indisciplina, de críticas a los mandos militares, de “charlatanería”, como informó el ministro Raúl Castro.
Los siguientes capítulos del proceso, que se entregaban diariamente por el diario Granma, diseñaban un escenario diferente. Según el órgano oficial del Partido Comunista el general Ochoa estaba comprometido con el narcotráfico. Participaba en el contrabando de drogas junto con el coronel La Guardia, quien tenía patente de corso como jefe del Departamento MC del MININT, para realizar cualquier tipo de operación comercial conducente a captar divisas para el país.
A partir de entonces el caos se conjugó con el temor en la cúpula dirigente del castrismo.
Hay dos versiones que explican la purga desatada por los hermanos Castro. La primera, confirma que los servicios norteamericanos de inteligencia, tenían pruebas comprometedoras de la participación de altos oficiales del régimen castrista en las operaciones de narcotráfico. Era imposible que los máximos dirigentes de Cuba desconocieran el asunto.
Los Castro se adelantaron y arrestaron a los involucrados. Todos ellos de operaciones especiales del MININT. No hay dudas de que participaban en el tráfico de drogas, como facilitadores de su envío hacia Estados Unidos y hasta como comerciantes en el mercado internacional. La duda en suspenso era hasta dónde conocían del asunto Fidel y Raúl Castro.
El general Ochoa pasó de “crítico indisciplinado”’y “charlatán” a narcotraficante.
Para muchos se trató de una oportunidad que no desdeñaron los Castro, para involucrarlo en el caso.
Como dice el dicho: “Dos pájaros de un tiro”. La dictadura se lavó el rostro, manchado con el polvo de la cocaína y eliminó de paso a un militar potencialmente peligroso. Soplaban ya en el mundo comunista de entonces los aires de la perestroika procedentes de Moscú.
Veinte años después hay muchas cosas que preguntarse y más aún que aclarar por parte de los involucrados que están vivos.
Para quienes contamos los hechos y adelantamos comentarios hay algo que destacar en este aniversario.
El general Ochoa, el coronel La Guardia, su hermano gemelo, el general Patricio, el ex ministro y general Diocles Torralba, y un gran número de implicados en el proceso, habían comenzado a criticar en privado a Fidel y Raúl Castro. Eran críticas y bromas ridiculizando a los Castro, surgidas en medio del alcohol y las comelatas de compañeros de armas.
Le costó la vida a algunos de ellos y a todos largas condenas de cárcel. Eran militares con mando de tropas. Venían de hacer la guerra.
Hace apenas dos meses Carlos Lage, Felipe Pérez Roque y Fernando Remírez, cometieron el mismo error: Entre tragos, dominó y carne asada, brotaron las críticas a los hermanos Castro y las bromas ridiculizando a la pareja del poder.
A ninguno de ellos le costó la vida ni han sido enviados a la cárcel. Sólo perdieron sus cargos, los que ejercían con el poder delegado. Eran simples funcionarios, burócratas, sin mando de tropas.