Ricardo Alarcón quiere una firmita. Se la ha pedido al presidente de Estados Unidos, Barack Obama.
El presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, insiste en que Obama puede, con sólo una firma, indultar a los cinco espías cubanos encarcelados en Estados Unidos. Es cierto que puede aunque no es tan fácil como pretende Alarcón.
Conocedor del sistema político norteamericano como ningún otro funcionario de la dictadura castrista, Alarcón lo sabe. Pero insiste porque esa es su misión. Es la tarea que le asignaron. Conseguir la liberación de esos cinco espías que la propaganda oficial del régimen ha bautizado como “Cinco héroes”. Cinco “luchadores antiterroristas” que se infiltraron en Estados Unidos, no para espiar a este país –dicen-, sino para conocer los planes “terroristas” de las organizaciones anti castristas radicadas en Miami.
Bajo el manto de esa versión oficial de la dictadura, Alarcón dedica la mayor parte de su tiempo al tema de los espías. En realidad el tiempo es lo que le sobra al jefe del “parlamento” castrista, porque su contenido de trabajo no es mucho si tenemos en cuenta que los diputados cubanos sólo se reúnen dos veces al año, durante dos días para aprobar los dictámenes del Consejo de Estado.
En cualquier caso Alarcón sabe que la responsabilidad que le asignaron es como mantener en la mano la clásica “papa caliente”. Le dieron una tarea donde tiene todas las de perder y poquísimas para ganar. Es casi una misión imposible.
Subrayo lo de “casi” porque en política hay pocas cosas imposibles. La línea que separa a lo imposible de lo posible, es muy imprecisa cuando la política se conjuga con la realidad y las circunstancias. Alarcón lo sabe y alienta esperanzas.
La dictadura castrista también lo sabe. En medio siglo de poder dictatorial, el castrismo ha cruzado esa línea de lo posible-imposible, de lo creíble-increíble, en más de una ocasión. Mao Tse Tung y China; la URSS desde Kruschev hasta Gorbachov; las guerras africanas desde Angola hasta Etiopía; las guerrillas desde el Congo hasta Bolivia; el narcotráfico desde Carlos Ledher hasta Pablo Escobar y los variopintos grupos subversivos auspiciados por La Habana, han sido en su momento -dependiendo de realidades y circunstancias-, ejemplos de cómo pasar de la lealtad a la difamación, de lo sublime a lo ridículo, de lo imposible a lo posible. La dictadura castrista resolvió muchas veces sus contradicciones con sólo una firmita; y quizás la mayoría con sólo un criterio expresado en voz alta por el Comandante en Jefe.
En los regímenes autoritarios y las dictaduras totalitarias uno puede escuchar propuestas como la que el pasado mes de diciembre lanzó el general presidente Raúl Castro. Aquello de que manden para Cuba a los cinco espías encarcelados en Estados Unidos, a cambio de enviar para Estados Unidos a los presos políticos cubanos, con familias incluidas.
Sin embargo en el mundo del Estado de Derecho, de las democracias representativas y parlamentarias, de la pluralidad política y la libre expresión del pensamiento, las cosas son diferentes. Se argumentan de otra forma. Alarcón lo sabe y esta semana sacó del sombrero mágico de los sofismas castristas, un “argumento” novedoso.
Preguntado acerca de si sería posible un intercambio de este tipo, Alarcón contestó “por supuesto que sí”, y constató que “hay un interés de Estados Unidos por algunas personas que cometieron el mismo delito que los cinco compañeros, ser agentes de ellos, aunque para hacer distintas cosas”. “Entiendo que Raúl lo planteaba como un ‘gesto por gesto’ con Estados Unidos”, dijo Alarcón en una entrevista con DPA en La Habana.
Es decir que Alarcón plantea mejorar la propuesta de Raúl Castro. No se trata de “gesto por gesto”, sino de un canje de prisioneros “que cometieron el mismo delito”.
Confieso que no sabía que a los presos de la Primavera Negra los condenaron por espías. Ni tampoco al resto de los prisioneros políticos encarcelados en Cuba. Hasta donde yo sé, todos ellos actuaban sin ocultarse, no utilizaban claves secretas, ni se comunicaban con centros de inteligencia en Estados Unidos. Fueron condenados por expresarse abiertamente contra el régimen, por informar públicamente de lo que acontece en la isla, por pertenecer a grupos opositores que la dictadura considera ilegales.
¿El mismo delito? Eso es un argumento tan sofisticado como falso. Alarcón hurgó en antecedentes y recordó que en 1979 Cuba intercambió con Estados Unidos, a cuatro independentistas puertorriqueños a cambio de cinco espías norteamericanos encarcelados en la Isla.
Parece que Alarcón está desesperado por cumplir su misión. El tiempo pasa y quizás ve sobrevolar sobre su cabeza un ave de mal agüero. Tal vez por eso insiste en que Obama debe decretar sin más la libertad de los cinco espías.
“La solución está en sus manos. Hay cosas que son más complejas… Pero puede retirar acusaciones, anular un juicio, perdonar a un acusado, amnistiarlo, sin negociar con nadie. Es una firmita”, subrayó Alarcón.
Tengo una opinión sobre tan controvertido tema. Sin desconocer sus implicaciones éticas y legales, me parece que un centenar de prisioneros políticos, defensores de la democracia y la libertad, no merecen ir muriendo en vida en las cárceles castristas, si se puede obtener su libertad a cambio de enviar de vuelta a su madriguera a los cinco topos de la dictadura.
¡Pero sin sofismas ni comparaciones, por favor. Llamemos a las cosas por su nombre!
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