A escasos días de que Virginia Báez parta hacia Central University of Florida, en Orlando para hacer realidad el sueño de terminar la carrera de Psicología, el relato de la gravedad extrema que la mantuvo en coma durante seis semanas, está solo en el recuerdo de ella y su familia que no dejan de dar gracias a Dios por el milagro de su recuperación.
Muchas personas resultan víctimas de accidentes por la irresponsabilidad de quienes conducen un auto en estado de embriaguez. Virginia es una de las que corrió esta suerte y el resultado fue una severa lesión en el hemisferio izquierdo de su cerebro que después de haberse despertado de la inconciencia, le impuso una ardua rehabilitación porque habiendo sido hasta entonces una niña sumamente sana, según comentó su madre Marcia, “después del accidente, y con 16 años cumplidos, tuvimos que guiar de nuevo sus pasos y enseñarla, desde volver a comer por si misma y caminar, hasta ayudarla a recuperar la memoria que también había perdido”.
Lo que hace diferente la experiencia de esta joven, convencida de sus potencialidades y del valor del empeño, es que pertenece al grupo cuyos padres pueden encontrar recompensa a cualquiera de los sacrificios impuestos por la emigración, teniendo en cuenta el universo de aspiraciones que compulsan el actuar de su hija.
Virginia estuvo primero hospitalizada durante nueve semanas y luego, año y medio en proceso de terapias diversas. Las seis semanas en estado de coma, los médicos que rendían un parte cada diez o doce horas a los familiares, no le ofrecían esperanza para la vida y luego que sobrevivió, vaticinaban dificultades impredecibles.
Pero su fuerza de voluntad, el apoyo incondicional de su familia y el profesionalismo de los médicos y personal de las diferentes disciplinas que participaron en la rehabilitación, devolvieron a Virginia a la normalidad, con todas las habilidades que siempre tuvo y que permiten a su madre expresar con sano orgullo que su hija no conoce los límites, si de alcanzar un propósito se trata.
Virginia es la única niña y la más pequeña del matrimonio integrado por Marcia y Ubalner. Edelso es el hijo varón y hermano mayor. De alguna manera todos tuvieron que ver con el éxito que ha constituido ese proceso de recuperación “que resultó muy doloroso, pero nos llenamos de paciencia y nos dábamos ánimo de forma recíproca. Sin ponernos de acuerdo el padre y yo evitábamos abandonarnos a la tristeza uno en presencia del otro y así el espíritu de positividad nos ayudaba a alimentar las esperanzas”.
“Me concentré de manera tal en la recuperación de mi hija –comentaba Marcia. Que ni siquiera me interesé en conocer a la persona que ocasionó la tragedia, porque además que me prometieron que se haría justicia, consideré que con eso no conseguiría aliviar la pena que nos había provocado y tampoco contribuiría a agilizar la sanación de Virginia”.
“Independientemente del mérito que concedemos al Dr. David Sandberg, neurocirujano que la operó y acompañó en el proceso, el deseo de sentirse bien ha sido el factor esencial en los resultados porque ella es alguien que se orienta sobre sus metas” –advirtió la madre.
A Virginia la trajeron de Cuba a la edad de cuatro años. Su facilidad de dominar español e inglés le ha abierto igual la curiosidad por conocer otros idiomas y quizás sea francés su próxima alternativa para comunicarse.
Aún no ha comenzado el bachillerato en Psicología, pues hasta ahora terminó un asociado de la especialidad en Miami Dade Collage, con resultado de honores y ya tiene definido que cuando concluya la universidad, estudiará leyes “que podré ejercer con mucha mejor justicia, pudiendo interpretar el comportamiento y las reacciones de los seres humanos, valiéndome de mis conocimientos de psicología”.
Pero eso no es todo. “Si consigo aprender otros idiomas, dentro de las leyes quizás me pueda especializar en derecho internacional”. Porque Virginia es así, de las personas que no paran de soñar, siempre en positivo. Por eso consiguió la recuperación que solo sus padres creían posible en el momento crítico de su gravedad y por eso se ha definido como premisa que ese proceso será de toda la vida “porque siempre tendré algo nuevo que corregir y superar”.