estudiantiles de aquel asalto, miembros de la corriente del fundador de la República Islámica, ayatolá Rujolá Jomeini, como la entonces portavoz de los estudiantes, Masumed Erekat, forman parte ahora de la oposición reformista, que se intenta acallar.
Otros, como el líder estudiantil Masud Mirdamani, están en prisión, acusados de participar en una conspiración supuestamente urdida en el exterior para tratar de derrocar al régimen.
El trigésimo aniversario de la toma de la embajada, conocida entre los revolucionarios como “el nido de espías”, llega también impregnado por el debate sobre si se deben retomar las negociaciones con el enemigo.
Estados Unidos e Irán rompieron sus lazos diplomáticos en abril de 1980, apenas seis meses después de un asalto que contribuyó a que el entonces presidente norteamericano, Jimmy Carter, no lograra la reelección.
Desde entonces, algunos de sus sucesores, como Bill Clinton (1992-2000), han tratado de recuperar sin éxito la relación con Irán, un país estratégico en Oriente Medio y Asia Central.
Nada más llegar, el pasado enero, a la Casa Blanca, el nuevo presidente norteamericano, Barack Obama, tomó el testigo y anunció su disponibilidad a emprender un nuevo capítulo con Irán si el régimen de los ayatolá acepta abrir el puño.
Como primer paso, responsables de ambos países han vuelto a compartir mesa de diálogo multilateral e incluso se ha producido un encuentro directo entre altos funcionarios de ambos países, en Ginebra.
Pero todo depende aún del líder supremo de la Revolución, ayatolá Ali Jameneí.
El pasado octubre, el vicepresidente del Parlamento iraní, Mohmad Reza Bahonar, aseguró que la máxima autoridad de Irán se opone a abrir conversaciones directas con Estados Unidos.
Hoy, el propio líder aseguró que el régimen no se dejarán engañar por Washington y que no se involucrará en negociación alguna que lidere Estados Unidos y en la que este país trate de imponer su voluntad.