exiliados.
En esa Cuba hacia su pendiente posibilidad, siempre desde el prisma de la objetividad y los valores que históricamente determinan el merito y permanencia de la obra, es preciso, en primer término, el rescate y difusión de lo auténtico y legítimo que nos define como cubanos desde la creación. Y jamás se puede ignorar que en el afianzamiento de la identidad nacional radica la vocación de universalidad.
El rescate de nuestra identidad y patrimonio no es fácil tarea ni es labor de poco tiempo. Requiere estudio, comparación y valoración. También la consideración de la circunstancia en que se produce el hecho cultural y creativo. Será un labor impostergable que exigirá muchos años de entrega. Cara al futuro, desde la valoración de la obra, no podrá ignorarse, como se ha hecho en otros países que han estado sometidos al totalitarismo, el juicio ético. Un juicio que debe estar dominado por la verdad y la honestidad intelectual, cívica y moral.
En la Cuba libre y democrática que todos anhelamos, la gestión cultural no debe estar como ahora está en manos del gobierno del país. Ese gobierno no debe hacer de los creadores sus obedientes empleados, a los que se premia por la constancia de su servilismo. Ese gobierno debe tener una política de protección y apoyo a las instituciones docentes y creativas. Nunca una política dominada por el paternalismo. No puede olvidarse que la obra, la creación, siempre acaba por imponerse por sus calidades intrínsecas. En este sentido debemos aprender la lección de los países democráticos
que mantienen centros educativos, museos, teatros nacionales y otras actividades, y desde ese marco, difunden y proyectan la cultura nacional, pero no se constituyen en “mecenas” de individuos. En ese plano, de igual manera y siguiendo el ejemplo de esos países, será importante la gestión cultural de las instituciones privadas que con sus fondos realizan una importante labor en este ámbito. Insisto en lo planteado: En nuestra patria no puede prevalecer el funesto y manipulador proteccionismo oficial a la creación. Sólo debe imperar su fructífero apoyo y respaldo.
En el campo de la cultura, la historia y la creación tenemos que pasarnos la cuenta a nosotros mismos, pero siempre pensando en Cuba, únicamente en Cuba. En su realidad, verdad y futuro. En este sentido, nuestros intereses como pueblo deben estar por encima de los intereses personales. Eso es parte inherente de nuestro ingreso en la pendiente posibilidad cubana. Lo que me mueve a recordar algo que siempre he sostenido: Lo peor que puede suceder a Cuba es que sus verdugos sean sus redentores.