de Franklin Roosevelt. No es posible volver a la era de Woodrow Wilson, tampoco a las de John Kennedy o Ronald Reagan. Ha corrido mucha agua debajo de los puentes. Es una era de autodeterminación e independencia.
El país dominicano enfrenta sus propios problemas y traza sus propias metas, con limitaciones, dificultades y errores, como siempre sucede, pero el avance logrado es fácil de comprobar. Basta con recorrer una avenida, la Abraham Lincoln en la ciudad de Santo Domingo para comprobar ese progreso.
Sería suficiente visitar la infinidad de salas digitales, la utilización por el pueblo de los recursos de la cibernética, para comprobar que somos testigos de una era de progreso, independientemente de los escollos que siempre se encuentran en el camino. Le decía a mis compañeros de viaje, el cónsul Manuel Almanzar y el periodista Daniel Efraín Raimundo, que me parecía increíble que en sólo una década un país haya podido avanzar tanto.
Claro que cualquier observador puede empezar a citar contrariedades y la pobreza no ha sido ni remotamente eliminada, pero se está avanzando rápidamente. Independientemente de preferencias o ideologías, la modernización de la República Dominicana ha sido un logro de la actual administración, sin dejar de reconocer avances en otros períodos.
Cada país debe seguir su camino, no hay un modelo aplicable a todas las situaciones. Los dominicanos han ido encontrando su propio camino hacia el progreso. Y eso debe celebrarse dentro y fuera del país.
Después de algunos días de recorrido por el Cibao y de un día y medio de visitas en Santo Domingo de Guzmán, la capital se produjo la reunión de despedida en casa del viejo y leal amigo Miguel Guerrero, el famoso periodista y su extraordinaria esposa doña Esther. Allí nos llevaron, a Daniel Efraín y a mi, el genial Ambiorix Ventura y la muy amable Solangel Velázquez, nuevos amigos. Pronto llegaría como siempre, para unirse al grupo, el entrañable José Rafael Vargas, ese ser humano de primerísima clase, sabio y generoso.
En ese ambiente de familia, muy cerca de los recuerdos de un viaje inolvidable rodeado del cariño de los dominicanos, ni siquiera la despedida empañó la alegría de pensar en el próximo regreso al país donde jamás me he sentido extranjero, sino simplemente otro hijo de la República Dominicana, un territorio pequeño con un pueblo muy grande.