No se puede escribir de lo que no se conoce. Por eso toda literatura tiene algo anecdótico, referencial. Luis de la Paz no es la excepción. Acucioso, organizado, puritano en el lenguaje, pone en el papel, en boca de otros, muchas de sus propias experiencias o las vividas en su entorno. Su literatura, su cuentística, marca el derrotero de un talentoso escritor, siempre joven, siempre ávido en el decir, pero sin apartarse de la lógica en la descripción y de encontrar la palabra precisa, la construcción perfecta reflejo de la esencia, sin ceder espacio a la banalidad al “sin sentido”.
En “Tiempo vencido”, de la Paz resume la tragedia del cubano, sin hacer de la misma el centro de su narrativa, pues prefiere reservar la carga política a la intuición, situándola sólo como punto de partida (“nada es ajeno bajo el sol”) y limitada a un fin localizador, lo que con la nueva tecnología podría semejarse a una GPS (Global Positioning System). De la Paz está más acá de la llamada Generación del Mariel. Aunque coincida y sea parte de ella ha sobrepaso el desgarre de Reinaldo Arenas. En su obra, la zozobra, la angustia por la pérdida del suelo natal, la desconexión obligada con lo de uno es peldaño para ascender a esta otra realidad, cargada de lo doméstico, de lo diario. En definitiva, cubanos o no cubanos, todos somos parte de la humanidad, integrada por gentes simples, con o sin relaciones abigarradas, desconocidas para unos y “pan de cada día” para otros. “A veces me despojo de lo que llevo puesto por instinto, pues de antemano sé que más tarde volveré a la calle y tendré que vestirme de nuevo”, dice en “Viejos amigos”.
De la Paz no ubica sus ideales humanos, aunque los retrata al narrar pasajes familiares, convirtiendo a la madre, al amigo, al colega en personajes principales. En su cuentística cabe todo, no se excluye nada. Con mente abierta y sentido de cambio, físico y espiritual, esboza un itinerario donde mezcla lo posible y lo imposible; y juega con el calendario, avanzando o retrocediendo, delineando un futuro tan incierto como sólo puede serlo para los cubanos. Así ocurre en “La otra cara de la Luna” donde narra la premiación en el aula magna de la universidad (de La Habana) de un escritor cubano que regresa luego de largos años de exiliado (y que sorprendentemente no es
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