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Publicado el 03-06-2010

La reforma esperada

Por el Rev. Martín N. Añorga

Ante todo quiero exponer que simpatizo con la idea de que se les ofrezcan opciones tangibles para permanecer en el país a los más de doce millones de indocumentados que han echado sus raíces en la nación, los que trabajan y están exentos de acusaciones relacionadas con el crimen y mantienen un historial limpio y ejemplar. Los inmigrantes que reúnan las condiciones requeridas legalmente deben ser admitidos para la obtención dé visas de trabajadores visitantes, permitiéndoseles acumular puntos para una futura solicitud de residencia permanente.

Estimamos, además, que son inoportunas e injustas las redadas policiales que se han llevado a cabo en diferentes lugares del país. Sacar por la fuerza a hombres y a mujeres de sus centros laborales y apiñarlos en camiones para imponerles una deportación sumarísima es una acción impropia del tradicional espíritu de América. Creemos que hasta que en el Congreso llegue el momento de que se delibere sobre las reformas inmigratorias debe concederse una tregua a los inmigrantes trabajadores, pacíficos y cumplidores de la ley. Perseguirlos en nada contribuye a la solución de un problema que no depende de centenares de personas, sino de millones.

En fin, que simpatizamos con la causa de los inmigrantes que vienen a esta tierra de promisión para rehacer sus vidas y las de sus seres amados. Estamos en contra, naturalmente, de los revoltosos y anárquicos que cruzan ilegalmente las fronteras para emprender una carrera delictiva y atentar contra el orden establecido en el sitio al que lleguen. Abrir las puertas para los inmigrantes nunca debe ser oportunidad para que se nos atesten nuestras ciudades con elemento delictivo y peligroso. Es muy importante que en cualquier reforma que se asuma haya normas estrictas de selectividad.

Entendemos que la aparente indiferencia del Congreso de los Estados Unidos sobre el tema inmigratorio, promueva la intranquilidad de parte de los que temen que las leyes finalmente acordadas les sean hostiles, de aquí que veamos positivamente las marchas que en muchos lugares de la nación se han llevado a cabo con el objetivo de hacer patente la importancia de la fuerza laboral de los inmigrantes. Estas marchas, algunas de ellas multitudinarias, en términos generales se han conducido ordenadamente, sin incidentes serios que lamentar.

Una alianza de organizaciones nacionales se ha integrado para promover la llamada “Campaña Reforma Pro-Migratoria Pro-América”, cuyo objetivo es reunir líderes de todas las procedencias para obtener en la Cámara Baja los 218 votos que son necesarios para aprobar una reforma migratoria integral, justa y humanitaria, y los 60 del Senado con el mismo objetivo, y finalmente la firma del presidente de los Estados Unidos.

Esperamos que esta Campaña, así como las manifestaciones públicas locales y nacionales, sean eventos celebrados con un alto sentido cívico. Ha sucedido en ocasiones que detrás de las extraordinarias manifestaciones a favor de los inmigrantes aparecen revoltosos, antisociales exhibiendo consignas contra el país en el que pretenden vivir y ofendiendo a gobernantes que debieran respetar. Los organizadores de los movimientos pro inmigración deben evitar que en su seno se infiltren los abanderados de una ideología opuesta a la que sustenta el país. Desfilar con camisetas en las que aparece la figura del Che Guevara, exhibir pancartas con mensajes incendiarios, usar la bandera norteamericana con falta de respeto y cantar parodias del himno norteamericano en un idioma en el que no fue creado, son actitudes impropias de quienes vienen a un país ajeno a labrarse la esperanza de un futuro mejor.

Los inmigrantes no pueden venir a los Estados Unidos para crear confrontaciones, sino para sumarse pacíficamente a una sociedad que está dispuesta a acogerles. Esos discursos que hemos oído en los que se afirma que los mexicanos vienen a “reconquistar los territorios robados por los gringos” son anacrónicos y cargados de malas intenciones. No tiene sentido que se reclamen privilegios esgrimiendo amenazas. Retirar de un edificio público la bandera de las barras y las estrellas para izar en su lugar una bandera foránea es un acto delictivo que conlleva la antipatía de aquellos que están llamados a ser instrumentos de ayuda y solidaridad.

Muchos se preguntan cuáles han sido los resultados de las marchas, y las gestiones a alto nivel de los promotores de la reforma migratoria. Si lo que se ha querido es dar una impresión de unidad, estimamos que se ha logrado, si lo que se ha esperado es despertar la voluntad dormida de los trabajadores que calladamente se someten a tratos que a veces son injustos, pues creo que mucho se ha conseguido.

Hemos leído en alguna que otra parte la tesis de que hay muchos norteamericanos que tienen miedo a la legalización migratoria de extranjeros, pues estos pudieran llegar a dominar el país a medida que aumenten numéricamente como electores. Ciertamente América temería perder el poder político, viéndolo caer en manos de millones de personas extranjeras si llegaran a obtener la ciudadanía norteamericana. Esa fuerza es para asustar. Los estadounidenses no quieren que se les insulte el idioma ni que se les alteren sus tradiciones, no quieren que se les deformen sus leyes ni que se les intercepte el estilo normal de sus vidas, y si eso es lo que asocian con las manifestaciones que se están llevando a cabo, el resultado de las mismas habría que evaluarlo como negativo.

En el Congreso de los Estados Unidos no existe unanimidad en cuanto al tema inmigratorio. Están los que quieren la deportación de todos y están los que abogan por leyes que les hagan imposible la vida a los extranjeros indocumentados para obligarlos a que se regresen a sus lugares de origen; pero están también los que creen en soluciones constructivas y armónicas que beneficien a ambas partes, al país y a los que han llegado al país por medios nada convencionales. Probablemente, como sucede siempre, del Congreso no saldrán leyes tan malas como algunos temen, ni tan buenas como algunos esperan.

La situación inmigratoria en los Estados Unidos ha llegado a extremos imprevisibles. Hemos leído editoriales inflamatorios en los que se habla de una probable guerra civil provocada por los inmigrantes si acaso se les quiera expulsar del país, en tanto que se ha generado entre los americanos una actitud de xenofobia que contribuye al resurgimiento de olvidadas tensiones raciales.

Hay líderes políticos, especialmente los que tienen que exponer sus posiciones al veredicto de los votos, que procuran simplificar la ecuación, y reducen la solución a permitir que se queden los que están; pero que no se deje entrar a nadie más, como si los serios problemas humanos que afrontamos se resolvieran así, de un plumazo.

Los momentos que vivimos en los Estados Unidos no son fáciles, de tal manera que creemos que cualquier solución que se ofrezca al dilema inmigratorio será divisiva; pero ese riesgo hay que correrlo. No podemos seguir viviendo en la incertidumbre y en la confusión. Nuestros legisladores tienen que apresurarse para llegar a un consenso para que todos sepamos a qué atenernos. Y los inmigrantes tienen que reconocer que estando en este país tienen que acatar las leyes de este país.

Probablemente estemos coqueteando con una utopía; pero lo cierto es que hay que buscar una solución. Una nación sin respuestas es una nación débil. Y si de algo estamos seguros, es que ésta es una nación decididamente fuerte.

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