poder político, viéndolo caer en manos de millones de personas extranjeras si llegaran a obtener la ciudadanía norteamericana. Esa fuerza es para asustar. Los estadounidenses no quieren que se les insulte el idioma ni que se les alteren sus tradiciones, no quieren que se les deformen sus leyes ni que se les intercepte el estilo normal de sus vidas, y si eso es lo que asocian con las manifestaciones que se están llevando a cabo, el resultado de las mismas habría que evaluarlo como negativo.
En el Congreso de los Estados Unidos no existe unanimidad en cuanto al tema inmigratorio. Están los que quieren la deportación de todos y están los que abogan por leyes que les hagan imposible la vida a los extranjeros indocumentados para obligarlos a que se regresen a sus lugares de origen; pero están también los que creen en soluciones constructivas y armónicas que beneficien a ambas partes, al país y a los que han llegado al país por medios nada convencionales. Probablemente, como sucede siempre, del Congreso no saldrán leyes tan malas como algunos temen, ni tan buenas como algunos esperan.
La situación inmigratoria en los Estados Unidos ha llegado a extremos imprevisibles. Hemos leído editoriales inflamatorios en los que se habla de una probable guerra civil provocada por los inmigrantes si acaso se les quiera expulsar del país, en tanto que se ha generado entre los americanos una actitud de xenofobia que contribuye al resurgimiento de olvidadas tensiones raciales.
Hay líderes políticos, especialmente los que tienen que exponer sus posiciones al veredicto de los votos, que procuran simplificar la ecuación, y reducen la solución a permitir que se queden los que están; pero que no se deje entrar a nadie más, como si los serios problemas humanos que afrontamos se resolvieran así, de un plumazo.
Los momentos que vivimos en los Estados Unidos no son fáciles, de tal manera que creemos que cualquier solución que se ofrezca al dilema inmigratorio será divisiva; pero ese riesgo hay que correrlo. No podemos seguir viviendo en la incertidumbre y en la confusión. Nuestros legisladores tienen que apresurarse para llegar a un consenso para que todos sepamos a qué atenernos. Y los inmigrantes tienen que reconocer que estando en este país tienen que acatar las leyes de este país.
Probablemente estemos coqueteando con una utopía; pero lo cierto es que hay que buscar una solución. Una nación sin respuestas es una nación débil. Y si de algo estamos seguros, es que ésta es una nación decididamente fuerte.