El 2 julio de 1776, el Segundo congreso continental aprobó una resolución de independencia del Reino Unido. Dos días después, se aprobó la Declaración de independencia.

Redactada por Thomas Jefferson, su contenido estaba directamente inspirado en una declaración puritana anterior, conocida como la Declaración de Mecklenburg. Nacía así una nueva nación cuya base era, fundamentalmente, la cosmovisión de la Reforma protestante.

La influencia de los puritanos en el desarrollo de los Estados Unidos resultó colosal. Puritanos fueron, por ejemplo, los peregrinos del Mayflower y también John Endicott, primer gobernador de Massachusetts; John Winthrop, segundo gobernador; Thomas Hooker, fundador de Connecticut; o John Davenport, fundador de New Haven.

Esa influencia de la cosmovisión puritana se extendió incluso a gentes como el cuáquero William Penn, fundador de Pennsylvania y Filadelfia, el bautista Roger Williams, fundador de Rhode Island o el anglicano Washington. Los puritanos fundaron universidades como Harvard, Yale y Princeton e, igualmente, dos terceras partes de los habitantes de los futuros Estados Unidos eran protestantes de orientación estrictamente puritana.

El escaso tercio restante se identificaba con grupos disidentes protestantes como cuáqueros o bautistas. Por el contrario, la presencia católica era insignificante. No sorprende que en Inglaterra se denominara a la guerra de independencia “la rebelión presbiteriana”. No exageraban porque el británico Cornwallis capituló en Yorktown, todos los coroneles del ejército americano salvo uno eran presbíteros de iglesias presbiterianas. Esa influencia puritana impidió conscientemente la existencia de una religión estatal y levantó el “muro de separación entre la iglesia y el estado” garantizando así la libertad religiosa. También creó un sistema de checks and balances, o frenos y contrapesos, que estaba copiado del gobierno de la iglesia presbiteriana y arrancaba de la enseñanza bíblica que señala que el ser humano tiende al mal y que, por lo tanto, el poder ha de ser dividido y frenado.

La democracia estadounidense se enfrenta hoy con no pocos riesgos. Algunos ejemplos son la existencia de un complejo militar-industrial – al que se refirió el nada sospechoso general Eisenhower en su despedida presidencial - que decide no con especial sensatez la política exterior; el peso cada vez más agobiante del big money en los procesos electorales; la concentración de medios de comunicación al servicio del establishment; el intento de crear monopolios económicos que desafían la ley; la existencia de poderosos lobbies nacionales y extranjeros que marcan una política internacional contraria a los intereses del pueblo estadounidense o el intento de convertir a Estados Unidos en un peón esencial, pero peón, a fin de cuentas, de la agenda globalista.

Sin embargo, a pesar de todo, el sistema estadounidense sigue siendo un ejemplo para cualquier sociedad que aspire a vivir en libertad. Lo seguirá siendo mientras las bases asentadas por los puritanos continúen en pie. En esa circunstancia ciertamente prodigiosa sólo puede verse el cumplimiento de la esperanza de Lincoln que señaló en Gettysburg que, bajo Dios, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecería de la faz de la tierra. También es obligado contemplar la enésima corroboración de que determinada cosmovisión, sustentada en los valores contenidos en la Biblia, proporciona libertad y prosperidad a las naciones que la abrazan. Feliz cumpleaños, Estados Unidos, y ¡que Dios bendiga a América!

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