A mediados de la semana pasada, asistí a un almuerzo destinado a analizar la realidad internacional desde la perspectiva de estos Estados Unidos que han acogido a millones de extranjeros a lo largo de su historia. Los presentes – apenas una decena de personas – discrepábamos en no pocas cuestiones. Diferíamos a la hora de contemplar los problemas de Oriente Medio. No terminábamos de estar de acuerdo sobre la mejor manera de tratar a regímenes como los de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Incluso manteníamos puntos de vista diferentes sobre la posición política que debería articularse ante Rusia.

Sin embargo, a pesar de las discrepancias, coincidíamos en la necesidad de defender la democracia. Como no podía ser menos, surgió a no mucho tardar el tema de la NATO, la alianza militar creada por Estados Unidos en 1948 con la intención de cercar a la extinta URSS que acabó teniendo como respuesta, en 1955, la creación del Pacto de Varsovia, formado por las dictaduras comunistas del Este de Europa.

Algunos de los presentes sentían inquietud ante la posibilidad de que Donald Trump la desarticulara; otros se aferraban a que los miembros de su gabinete, interrogados al respecto por el Senado, habían insistido en su importancia y en la necesidad de su permanencia. Fue entonces cuando la persona sentada justo a mi izquierda, un veterano embajador en importantísimo destino en la época del presidente estadounidense de mayor relevancia del último medio siglo, dijo de manera contundente: “Estados Unidos no puede seguir pagando el setenta y tres por ciento del gasto de la OTAN”.

La frase encerraba en si misma todo un tratado de política. Se puede discutir si ha sido sensato alargar las fronteras de la OTAN hasta las de Rusia en contra de lo prometido por el gobierno de Estados Unidos a Gorbachov; se puede argumentar a favor y en contra de que la OTAN haya desbordado las fronteras y objetivos de su proyecto original; incluso se puede sostener que la OTAN, tal como existe actualmente, no tiene razón de ser y ha de verse sustituida por otra entidad.

No obstante, hay un hecho que admite poca controversia. No es ni justo, ni razonable ni equitativo que Estados Unidos acabe pagando casi tres cuartas partes de la factura de una organización compuesta, de Albania a Turquía, por veintiocho naciones independientes.

A nadie se le escapa que la contribución de Eslovenia o Eslovaquia no puede ser la de Alemania, Reino Unido o Francia o, si se me apura, la de Italia o España. Sin embargo, no cabe engañarse ante la realidad de que Estados Unidos soporta un peso excesivo y que son muchos millones de estadounidenses los que así lo ven.

Donald Trump, en su discurso de jura, se quejó de estos “trillones” de dólares que se gastan en el extranjero en lugar de emplearlos en el interior. Tenía razones más que sobradas, y más después de la más de década y media de conflictos bélicos irresueltos sufrida por esta gran nación. Más vale que vayan tomando nota en los cinco continentes porque el Presidente no hablaba en broma.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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