El proceso de montaje, por el Poder Electoral, de una espuria constituyente pedida e inconstitucionalmente convocada por el narco-dictador Nicolás Maduro, de buenas a primera recuerda la similar tropelía que ejecuta el Consejo Nacional Electoral de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez el 15 de diciembre de 1957, antes de caer ésta el 23 de enero de 1958.

La Constitución de 1953 disponía que al vencer el quinquenio debían convocarse elecciones generales para presidente de la República, diputados y senadores al congreso, legisladores regionales y concejales municipales. No obstante, tanto como Maduro, el dictador las suspende y ordena realizar un plebiscito a su medida.

La situación del General dictador se ve comprometida –a pesar de sus obras faraónicas y de los ingresos fiscales ingentes que recibe– y su prestigio mengua. ¡Y es que el país de entonces es una república de letrinas cruzada, sólo su capital como una suerte de boutique, por obras de ingeniería y arquitectura impresionantes!

La migración del campo a las ciudades y la miseria de vida en que vive la clase trabajadora muestran el rostro ominoso de los pocos que se enriquecen en el poder, mientras la mayoría sufre víctima de una crisis humanitaria sin razones. Ello provoca la reacción adolorida de la Iglesia Católica con la célebre la carta pastoral del arzobispo de Caracas, monseñor Rafael Arias Blanco. Entre tanto las cárceles pululan de presos políticos y las torturas son hábito en los sótanos de la Seguridad Nacional.

El dictador, así las cosas, amenaza a los funcionarios que no voten por él. Les ordena devolver a sus jefes la tarjeta roja opositora en prueba de haber depositado la de color azul que lo apoya. Sus rectores electorales trucan los resultados. Le otorgan la victoria al llamado “gordito del Táchira”. Ese fue el principio de su inmediato final. Lo demás es historia.

Hoy, Tibisay Lucena, esbirro electoral –en comandita con el estafador comicial que ha sido siempre Jorge Rodríguez, negociador de las célebres máquinas Smarmatic– monta un tinglado y organiza, en breves días, unas elecciones de conveniencia entre los suyos. Busca se cambie el orden de la república para que la revolución no abandone jamás el poder. Eso creen. Eliminan las garantías de pulcritud que han de revestir a los votos y abren centros de voto masivo a los que pueden acudir sus pocos votantes, arrastrados como bueyes.

Ayer, no más, en otras elecciones como las del 15 de diciembre de 2015 –salvadas por la disciplina vigilante opositora- obligan a los venezolanos a viajar hasta mesas distantes de sus residencias para frustrar los votos en contra del régimen. Les llenan de alcabalas electrónicas para ello. Ayer, no más, suspenden el referéndum revocatorio presidencial y las elecciones de gobernadores y alcaldes, arguyendo todo tipo de dificultades y obstáculos reglamentarios, inexistentes ahora y en la hora.

Tengo presente en mi memoria la patraña que se monta por este equipo truhan –el de la Lucena y Rodríguez– a fin de revertir los resultados del referéndum revocatorio de 2004, cuando el expresidente Jimmy Carter acude en auxilio de Hugo Chávez como lo hace esta vez el impresentable Rodríguez Zapatero con Maduro.

En vísperas del golpe de Estado constituyente en curso, por si fuese poco, Zapatero lo declara legítimo. Le pide a Maduro tomar decisiones luego de ello. Y afirma el desacato en que se encuentra la actual Asamblea Nacional, electa libremente por el pueblo, mediante voto universal, directo y secreto. Esas tenemos.

No abundo, pero anoto lo que afirma, asimismo, en estos infaustos instantes en los que la vergüenza no encuentra recodo, otro ex presidente tan caro a ciertos actores de nuestra oposición, Ernesto Samper. Después de hacerle tanto daño al país junto Zapatero –responsables al igual que Maduro del asesinato de más de 100 jóvenes venezolanos– confiesa su devoción por la vida y obra del genocida cubano fallecido, Fidel Castro. Y pide de las generaciones políticas latinoamericanas actuales emular su ejemplo; que para mí no es otro que el mal ejemplo de un asesino que fusila en el paredón y mata de hambre a sus compatriotas antes de coludirse con el negocio del narcotráfico, e imponérselo más tarde al Gobierno chavo-madurista.

Al día siguiente del golpe constituyente, que se consumó el domingo 30 de julio, la Venezuela decente y amante de la libertad sabe de su ruta; la que le fijó su consulta popular del último 16 de julio y 7.600.000 votos: Ha de desconocer, desde su primer día, a la constituyente golpista; seguir en su esfuerzo por exigir de la Fuerza Armada se lave el rostro y acate el orden constitucional; y reclamar de la Asamblea Nacional acelere su esfuerzo para organizar un gobierno de unidad nacional y transición hacia la democracia.

A la cárcel ya han ido los primeros jueces supremos designados por la Asamblea, otros les seguirán, sin lugar a duda; lo que no arredra, por lo visto, el sentimiento de resistencia nacional. El pueblo llano y los jóvenes, a la cabeza, saben mejor que la lucha por la libertad tiene su costo en dictadura. Lo están pagando, dándonos un ejemplo que ha de avergonzar a no pocos acomodaticios.

En suma, luego del nuevo golpe por consumarse nada cambiará en el corto plazo. Ya la Sala Constitucional –constituyente de 7 miembros avalada por Zapatero– ha profanado la Constitución y hecho mutar su texto, para desconocer la soberanía popular representada en la Asamblea y anular el Ministerio Público. Los presos políticos, ahora más de 400, allí siguen. Los miles de heridos se lamen sus heridas como símbolos de dignidad. El hambre no cesa ni la falta de medicinas. Queda, eso sí, algo muy claro: Desnudos y al aire como se encuentran los Zapatero y Lucena el país sabe que sólo cambiaran las cosas cuando caída la dictadura haya elecciones libres, sin presos y con un poder electoral sano, reconstituido, ajeno al miasma revolucionario.

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