Entre las noticias verdaderamente sobrecogedoras y, a la vez, preñadas de esperanza que han surgido esta semana, ocupa un lugar especial el que las familias de ochocientas víctimas del 11-S hayan iniciado una acción legal contra Arabia Saudí.

Los indicios que justifican legalmente esa acción no son pocos. Recordemos, a título de ejemplo, que quince de los diecinueve secuestradores eran saudíes y tres habían además trabajado para el reino árabe. Por añadidura, embajadas de Arabia Saudí proporcionaron su apoyo a los terroristas Salem al-Hazmi y Jalid al-Mindhar ya desde un año y medio antes del ataque.

Gracias a esa ayuda, los terroristas, presuntamente, habrían encontrado vivienda, aprendido a desenvolverse en inglés y conseguido dinero y tarjetas de crédito. A cualquiera que haya venido a vivir a Estados Unidos desde otra nación le resultará fácil comprender que no fue poco respaldo.

Además existen indicios de que funcionarios de la embajada de Arabia Saudí en Alemania ayudaron al terrorista Mohamed Atta. Incluso se da la coincidencia llamativa de que un funcionario saudí estuvo la noche antes de los atentados en el mismo hotel virginiano que algunos de los terroristas. Insisto: se trata sólo de algunos ejemplos.

Por qué Arabia Saudí habría ayudado a los responsables de las matanzas es objeto de discusión. Algunos consideran que, a fin de cuentas, la monarquía saudí se identifica con una forma de islam – el wahabismo – que no contempla con repugnancia este tipo de acciones y que incluso puede respaldarlas.

Para otros, se trataría simplemente de una manera de mantener lejos de su territorio los atentados. A fin de cuentas, si los terroristas matan en Occidente, no tendrían tiempo para hacerlo en las cercanías de La Meca. Sea como fuere, el texto presentado ante la justicia por los familiares de las víctimas incluso da cifras de las cantidades que Arabia Saudí habría entregado a los terroristas bajo la cobertura no del todo conseguida de organizaciones caritativas.

Según Kreindler, uno de los principales demandantes, Arabia Saudí habría sabido que esas entidades estaban controladas por Al Qaida y, precisamente por ello, las habría financiado ayudando además a borrar las huellas del rastro del dinero.

Naturalmente, lo que pueda haber de verdadero, falso o demostrable en estas acusaciones es algo que queda al arbitrio de la justicia de los Estados Unidos.

Precisamente por ello, el paso es de enorme relevancia ya que ni con George W. Bush ni con Barack Obama fue posible darlo. Tanto uno como otro presidente hicieron todo lo que estuvo en sus manos para impedir que los parientes de los asesinados vilmente Nueva York el 11 de septiembre de 2001 pudieran llegar ante los tribunales y exigir una justicia que les es más que debida. Esa protección presidencial parece haber llegado a su fin y con ella, quizá, también pueda terminar, como ha señalado Kreindler, esa especie de doble moral que señala horrorizada a Irán por ser una dictadura islámica – donde las mujeres, por ejemplo, pueden conducir un automóvil – mientras mira para otro lado cuando se trata de otra teocracia – Arabia Saudí – donde las mujeres sólo pueden ser llevadas en un vehículo, pero no manejarlo por sí mismas. Que, efectivamente, esas víctimas y sus familiares vean cómo se hace justicia, sea la que sea, es lo que todos deberíamos desear.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

Aparecen en esta nota:

 

Deja tu comentario

Se está leyendo

Lo último

Encuesta

¿Cuál será la principal consecuencia luego de los resultados de las elecciones en Venezuela, señaladas de fraude?

El régimen de Maduro quedará más deslegitimado
Se afianzará el régimen de Maduro y se debilitará la oposición
ver resultados

Las Más Leídas