@LuisLeonelLeon
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La posibilidad ya no existe. Al menos no por ahora. De cualquier modo en La Habana y los campos de Cuba, en Ecuador, México, España, Miami, New Jersey, incluso en Dubái y Ucrania, aún se sigue hablando de ella. Unos con nostalgia o desplome. Otros con furia o fe. La realidad es que aún muchísimos cubanos permanecen con los pies en el aire gracias al engañoso abrazo de Barack Obama.

Sí, ha pasado el tiempo y aún nada. Pero no todos, como es costumbre, se pliegan al aplastante y carnavalesco fogonazo de la desmemoria. Este 12 de marzo se cumplieron dos meses (mucho tiempo para el que le duele, o simplemente le importa) desde que el expresidente número 44, a sólo unos días de abandonar las funciones que ejecutó durante ocho años, derogó la política popularmente conocida como “pies secos pies mojados”, que permitía a todo cubano que pisara suelo estadounidense entrar legalmente en este país bajo la presunción de que se trataba de un asilado político de la granja comunista que desde hace 58 años administra la familia Castro.

Entre los aquejados no sólo están los que fueron deportados desde el aeropuerto de Miami, o los que en la isla no llegaron a terminar sus balsas, o los miles que han quedado varados en Latinoamérica en medio del camino hacia EEUU. Son muchísimos los cubanos desilusionados o inconformes desde que Obama y Castro se dieron la mano para cercenarles el sueño, inmediato o distante, de tal vez algún día poder fugarse del encierro, la miseria, el miedo, el silencio, la eterna apatía. Huir, en este caso, no siempre es cobardía. Ni tampoco es siempre prosaico oportunismo. Cada quien es responsable de su candor y sus culpas, de sus ganancias y sus averías. Pero mientras tanto la puerta sigue cerrada para jactancia de Castro y Obama.

Millones de cubanos todavía se preguntan: ¿Por qué, Obama? La mayoría concuerda en que no fue más que la estocada final de sus negociaciones con Raúl Castro, “a quien de verdad le dio todo sin pedir nada a cambio”, me escribió Ángel, un amigo de la infancia que aún vive en Buenavista, el barrio habanero donde ambos nacimos. “Nos jodió y de mala manera ese c… ”, no puedo escribir en estas páginas el calificativo usado por mi antiguo vecino. Pero sé que no le faltan razones para molestarse.

“¿Por qué lo hizo? ¿Si esto era lo mejor para los cubanos, por qué tuvo que fastidiarnos en el último momento? No le encuentro sentido a haberlo hecho así de pronto, a no ser que tuviera que cumplirle una promesa a Raúl y su clan. Aquí hay gato encerrado pero es tan fuerte todo lo que nos pasa que a veces no tengo ánimo para pensar en todo. Te cuento que mi hermana Ariana, la más pequeña, está en Ecuador con su esposo Víctor y mi sobrina Mar, que en abril cumplirá un añito. Vendieron su apartamento y todo lo que aquí tenían. Los vi por IMO y aunque me dicen que están desechos y bien saben que pueden regresar a mi casa, se niegan a volver. La familia de Víctor, que vive en New Jersey, les dicen que resistan que Trump los va a salvar. No sé qué pensar ni qué decirles, amigo mío. ¿Crees que de verdad Trump nos tienda la mano y eche atrás esta pesadilla? Por acá se comenta pero en realidad no se sabe nada. Dime algo tú cuando tengas un chance. Un abrazo desde el barrio que cada vez es menos lo que era”, así terminó Ángel su mensaje, enviado desde su correo Nauta que le pagó Ariana desde Ecuador.

No sé si tengo la respuesta que mi viejo amigo, a quien desde hace más de 10 años no he vuelto a ver, espera o necesita de mí. Desde 1959 más que un mar de por medio, entre Cuba y EEUU hay un laberinto de incertidumbres, de idas y vueltas tambaleantes, y aún todo sigue igual. Ese es el gran telón de acero: nunca saber qué va a pasar y en realidad estar solos en el mundo. Y de pronto la posibilidad de fugarse, que era la salida más tangible, se ha vuelto humo.

Por supuesto que no apoyo la eliminación de “pies secos/pies mojados”, le respondí, ni mucho menos desactivar la Ley de Ajuste Cubano, por lo que sigue boqueando la autocracia caribeña. Le conté que, sin embargo, estoy de acuerdo con su revisión por parte del Congreso, que es lo que desde hace tiempo mucha gente ha pedido, incluidos los congresistas cubano-americanos a los que Obama, más que ignorar, siempre detestó. Pero mientras en Cuba impere una dictadura, estoy convencido que esta ley debe defenderse. Quiero pensar, como muchos otros cubanos, que Trump no aceptará la oscura jugada -de doble intención- que propagó Obama. Ojalá mi réplica le haya servido de algo. Pero no estoy seguro. ¿Por qué lo hizo? No puedo evitar regresar una y otra vez a la pregunta de mi amigo. Quizás porque mi respuesta está bastante cerca de sus dudas.

Días atrás conversaba con Lincoln Díaz-Balart acerca de cuánto pudiera quedarle al castrismo y el abogado, excongresista cubanoamericano, me recordó que hay aspectos claves del totalitarismo que jamás debemos pasar por alto: “Muchas veces no se entiende que la mentalidad del totalitarismo es la nueva manera del esclavismo, que es incompatible con la realidad moderna”. Ciertamente los cubanos no han vivido una vida normal, sino una vida de esclavos modernos. Y para que funcione a la perfección, los jerarcas de la granja intentaron instituir, ante la asfixia del Socialismo del Siglo XXI (SSXXI), una coordinación, o mejor, una especie de contubernio, entre el ejecutivo de EEUU y su vulgar tiranía. No creo que con Obama finalmente fuera del juego y con Trump ya comenzando a mover los hilos, puedan desarrollar semejante quimera. Y con el SSXXI poco a poco cayendo, pareciera que sus días están contados. Me aferro a esa mezcla de evidencias y esperanzas.

De cierta forma la derogación de “pies secos/pies mojados” pareciera una medida contradictoria o contraproducente para el régimen. Se sabe que muchísimos cubanos sobreviven gracias a las remesas de sus familiares del exilio. Y este acuerdo final entre Obama y Castro, al no seguir acrecentando el éxodo incontrolado, está moderando las ganancias de la familia real y al cabo amplificará las carencias de una isla improductiva. Pero la productividad nunca le ha interesado a la cúpula castrista. En la miseria es más fácil reprimir y siempre tendrán un enemigo a quien culpar. Si Trump lo entiende, creo que derogará la vil derogación, me arriesgué a decirle a la esperanza de mi amigo.

Y tal vez Lincoln tenga razón y el régimen confía demasiado en que tiene suficientes recursos para subsistir, pues de todos modos el pueblo, que es quien sufre, no tiene acceso a los medios de comunicación ni a las leyes ni a las armas, y hasta el momento lo siguen sometiendo con migajas y falsas ilusiones. ¿Podrán seguir sometiéndolo así? Esa pudiera ser la pregunta clave que por cierto, mi amigo me ha hecho. Quiero pensar, como Lincoln, que no será posible y que el ocaso del desastre, cuya alarma comenzó a sonar con la muerte de Fidel Castro, realmente se acerca. Aunque con los totalitarismos no siempre se sabe. Ojalá que esa puerta, cerrada a la fuerza y con muy mala intención, pronto se abra. Y sobre todo, ojalá que la reja de la isla cárcel pronto se caiga.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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