Estar atrapado tres horas en un avión, sin poder despegar porque hay una tormenta eléctrica, debe de ser una las peores sensaciones de impotencia. Ya es tarde para abortar el viaje y volver a casa. La aeronave ha apagado sus motores para ahorrar combustible y no se mueve y la voz desalmada de la capitana anuncia que tenemos esperar a que pase el mal tiempo. Pasa una hora, pasan dos, pasan tres, y el avión sigue detenido y uno no puede bajarse ni gritar un par de improperios porque vendría la policía. Y entonces te preguntas: qué diablos hago acá, por qué estoy viajando si podría estar en mi casa, quién me obligó a ponerme en esta situación de absoluta indefensión ante circunstancias ajenas a mi control. Te sientes un rehén, un prisionero, un idiota. Un idiota porque el viaje no era realmente necesario y es un capricho, una extravagancia. Tienes el dinero, te tomas un fin de semana libre, quieres contentar a tu esposa llevándola a esquiar de nuevo y ahora te lamentas de haberte colocado imprudentemente en esta situación tan incómoda que ya no tiene remedio ni vuelta atrás. Cuando lleguemos a Montreal de madrugada, la compañía de autos estará cerrada y no será posible alquilar una camioneta y manejar hasta las montañas, dos horas al norte. Es la vida misma: lo que puede ir mal, va mal; lo que puede demorarse, se demora; lo que puede torcerse, se tuerce. Es así. La vida es el caos perpetuo, y cuando viajas todo eso se nota más.

El fin de semana pasado también viajamos, y tampoco era necesario viajar. Cumplíamos seis años casados y quise darle una sorpresa a mi esposa. Compré los pasajes sin decirle nada y el día del vuelo, un viernes, le dije que nos íbamos a las montañas de Carolina del Norte a esquiar un par de días. Sabía que, desde que aprendimos a esquiar juntos en las montañas de Québec, ella se había hecho adicta a ese deporte de alto riesgo. Mi hija y yo aprendimos, si acaso, perezosamente, después de varias lecciones privadas, pero mi esposa aprendió sola, con una pericia natural para encontrar su balance y no caerse. Mientras mi hija y yo rodábamos como guiñapos por la nieve, yo más que ella desde luego, pues los niños aprenden tan deprisa, mi esposa pasaba como una saeta silbando entre la nieve. Tanto le gustó esquiar que, de regreso a casa, me dijo:

-Mi vida es aburrida. Me aburre ser todo el tiempo la esposa, la mamá. Solo me divierto esquiando: me siento joven, me siento libre. Necesito volver a esquiar.

Cómo podía no entenderla. Si yo me aburro estando conmigo mismo todo el tiempo, es comprensible que ella también se aburra conmigo. Le aburre ver mi programa, venir los viernes al programa, que yo hable tanto de política y tenga amigos mayores:

-Te olvidas que yo tengo veintiocho años, no cincuenta –me dijo un domingo, harta de mí.

Por eso me apuré en llevarla a las pistas de esquí de Sugar Mountain, el último fin de semana que estarían cubiertas de nieve este invierno. Cuando le di la sorpresa de que viajaríamos ese viernes por la tarde, me lo agradeció tanto que pensé que había acertado. Y en efecto acerté. El viaje fue placentero, aunque no exento de momentos de tensión: la ruta desde el aeropuerto de Charlotte hasta un pueblito encantador llamado Banner Elk nos tomó casi tres horas porque llovía con persistencia y había una niebla espesa, preñada de riesgos, y la subida a las montañas era serpentina y a duras penas podía verse nada. El hotel era bastante bueno, pusimos la temperatura de la cabaña en 74, dormimos bien y pasamos el sábado y el domingo esquiando, o tratando de esquiar en mi caso, en la poca nieve que quedaba en la montaña. Mi esposa pasó de la pista verde para principiantes, bobitos y tontuelos como yo, a la azul, y finalmente a la negra, ya para avezados, y mi hija y yo nos quedamos con nuestros instructores carísimos en la pista verde. Cuántas veces me caí todo el sábado y el domingo, perdí la cuenta. Más de quince con seguridad, quizás veinte o veintitantas. Y no fueron caídas leves: me salía de la pista y terminaba entre los árboles y las piedras, dándome porrazos; cogía velocidad, perdía el control, no podía zigzaguear ni frenar y terminaba rodando como un saco de patatas, los esquís volando por los aires, los batones disparados como flechas; desoía los consejos del profesor con rancio aliento a alcohol y me olvidaba de poner todo el peso en una pierna para girar y simplemente atenazaba los esquís haciendo un ángulo como el de la tajada de una pizza, tratando de frenar, pero descendía a tal velocidad que me caía como un elefante tratando de patinar, mientras los más duchos esquiadores pasaban velozmente y me miraban con lástima o desdén, como uno miraría a un tarado haciendo el ridículo; y, una vez tumbado en la nieve, el cuerpo tenso y adolorido, levantarme era, sin exagerar, toda una proeza. Me caí tantas veces, y tan aparatosa y bochornosamente, que el domingo por la tarde me dije:

-No me iré de esta jodida montaña hasta que consiga bajarla sin caerme. No me ganará la montaña. Aprenderé a bajarla aunque me cueste media vida.

Me tomó diez o doce intentos y fui corrigiendo los errores a la mala, cayéndome como una bestia indómita. Por suerte, aquel domingo por la tarde la pista estaba bastante despoblada y no tenía que hacer maniobras desesperadas para no chocar con otras personas. Finalmente, ya con luz artificial, de noche, terco como una mula, obstinado como un competidor torpe y suicida, porfiado como buen hijo de mi madre, logré bajar la montaña sin caerme. Pude serpentearla la primera mitad, luego me concentré en tomar velocidad sin perder el equilibro y, ya al final, cuando me iba a estrellar con las personas que hacían cola para volver a subir a las sillas colgantes, atadas a un cable eléctrico, que las llevarían de regreso a la cima, improvisé un frenazo chusco y desmañado, y salí volando como un kamikaze indio bárbaro del sur y, tirado en la nieve, todo el cuerpo con lesiones y contusiones, me sentí un héroe: ¡lo había logrado, por fin! Esa noche, para celebrarlo, pensé en hacer el amor con mi esposa, pero ella estaba exhausta y declinó y se fue a dormir temprano, muy juiciosa. La montaña no me había derrotado, y no tardé en contárselo a mi madre, quien celebró mis tardíos, improbables arrestos viriles, atribuyéndolos a la compasión de Nuestro Creador.

¿Por qué volvemos ahora a la nieve, si hace pocos días nos dimos el gusto de esquiar? ¿Por qué interrumpí mi rutina apacible, sosegada, para subirme al maldito avión demorado y enrumbar temerariamente a otras pistas de esquí? ¿Por qué insisto en esquiar cuando tengo cincuenta y dos años, estoy gordito y soy torpe para los deportes? ¿Por qué siento que está en juego mi honor y debo perfeccionar mi técnica de esquiar hasta hacerlo tan bien como mi esposa? ¿Por qué me he obligado a volver a la nieve cuando todo el cuerpo me duele, el hombro machacado, aporreados los brazos, las piernas llenas de rasguños y moretones? ¿Por qué incomodarme de nuevo? Por dos razones simples, que me empequeñecen: mi esposa se aburre si no la llevo a esquiar, y nuestra hija cumple seis años el lunes y quiere que unos perros siberianos nos tiren de un trineo por la nieve sin hollar. Que yo sea feliz o no tanto en esas tesituras gélidas a las que habrá de exponerme a riesgo de mi salud, no importa: lo que de veras importa es que mi esposa no se aburra tanto de mí como para dejarme (y por eso la llevaré a todas las nieves del mundo) y que mi hija vea colmadas todas sus fantasías y expectativas para que sea la niña más feliz y, cuando crezca y sea una joven independiente, no quiera alejarse de mí, como ya se alejaron mis hijas mayores cuando las decepcioné, enamorándome de una jovencita que parecía mi hija. Digamos entonces que volver a la nieve y seguir esquiando sin destreza ni maña es, en mi caso, un desesperado acto de amor.

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