Bella mariposa inmortal
La conocí hace más de veinte años, cuando, qué ironías tiene la vida, yo era quizás más famoso en Miami que ella

Una de las personas más fascinantes que he conocido (y vaya que he conocido personas famosas, poderosas, odiosas, por la naturaleza de mi oficio de preguntón en la televisión, un trabajo que vengo fatigando hace más de tres décadas) es la cantante de Barranquilla, musa inasible, bella mariposa inmortal, criatura etérea, inventora de técnicas infalibles de seducción, maga y hechicera, Shakira, a quien en privado llamo Shaki, y en mis sueños, pues la sueño muy frecuentemente, y esos delirios están espoleados por el deseo de alojarme en ella, azuzados por la premura de poseerla un instante eterno, solamente Shak.

La conocí hace más de veinte años, cuando, qué ironías tiene la vida, yo era quizás más famoso en Miami que ella: hacía un programa de entrevistas todas las noches en un estudio en la calle Lincoln de Miami Beach, los jefes de Univisión querían ficharme, Cristina y Don Francisco deseaban producir mi programa, y yo, si seré mediocre, pusilánime, prefería seguir tan tranquilo como estrellita menor y rey del mambo del canal Sur. Shakira había grabado un disco absolutamente genial, desbordado de talento, y llevaba el pelo negro, muy negro, un negro azabache, guerrillero, y yo era flaco y baboso, y ella no excesivamente flaca, tampoco gordita, era lo que se diría una mamacita, una ricura, una cosita rica a la que daban ganas de apretar, apachurrar, apapachar. La amé desde el momento en que la conocí y ese amor se multiplicó cuando la entrevisté: era brillante, inteligentísima, valiente, tremendamente ambiciosa y competitiva, quería comerse el mundo, y tenía un gran sentido del humor. La entrevisté cuando venía llegando a Miami y hablaba poco inglés. Me impresionó muchísimo el tamaño de su talento y, a la vez, de su salvaje ambición: había contratado un profesor de inglés, quería hablar esa lengua y cantarla perfectamente, soñaba con conquistar el mundo cantando no solo en español, pero también en inglés. Por un momento pensé: ¿no estará siendo demasiado ambiciosa esta niña adorable de Barranquilla que canta como los dioses? Había comprado un Mercedes convertible creo que rojo, vivía en un apartamento en Miami Beach a la altura del mítico hotel Fontainebleau y, a juzgar por su mirada, estaba buscando esa cosa esquiva y huidiza que es el amor. No sé si salía todavía o había dejado de salir con el actor boricua, lo cierto es que, entrevistándola, hablando con ella, me pareció sentir que no estaba enamorada y deseaba enamorarse de la manera resuelta, febril, infinita, como cantaba al amor en su música hechicera.

Yo me enamoré enseguida y sin remedio de ella y le dije para salir juntos, para ir al cine, y ella me dio su teléfono y me miró con un cierto encantamiento o una levísima ilusión (recuerdo el poder hipnótico de aquella mirada suya como si estuviese ocurriendo ahora mismo) y yo moría por salir con ella, por besarla, por ver juntos Titanic y llorar como dos bobos sentimentales, pero no la llamé, no me atreví a llamarla, porque venía saliendo de un matrimonio traumático, muy doloroso, y porque en aquel momento me sentía gay, muy gay, completamente gay, y la verdad es que pensé que si le confesaba a Shakira mi amor por ella, y luego le decía que era gay, le haría daño, la lastimaría, la dejaría triste, y por eso preferí no llamarla, no intentar besarla, no decirle cuánto la amaba, deseaba y admiraba, porque de verdad pensaba que la cosa terminaría mal y que ella no se merecía que yo la hundiese en mi remolino, en mi pantano, en el que ya había sumergido a mi pobre esposa desdichada, de la cual estaba terminando de divorciarme ese mismo año, el año en que todos lloramos con Titanic, película que vi tres veces con abundante congestión nasal y masivo derrame lacrimógeno. Ahora me arrepiento de no haber llamado a Shakira, no haberle confesado mi amor, pero hoy, tantos años después, ya no me siento tan gay: quién iba a pronosticar que, en las cosas azarosas del deseo, yo terminaría siendo un amante del volantín, la acrobacia y el equilibrismo en la cuerda floja, un chaquetero, un tránsfuga, un panqueque erótico.

Se agolpan en mi memoria momentos en los que renové mi profundo, incurable amor por ella, Shakira, Shaki, Shak, la bella mariposa inmortal. Estamos en un avión privado, saliendo de Bahamas, rumbo a Panamá, y ella parece contrariada, triste, una nube pasajera eclipsando la luz de su sonrisa, no sé si porque no es tan feliz con su novio argentino, y yo intento consolarla, hacerla reír, y tengo ganas de acariciarla, besarla en la mejilla, pero me contengo, porque su novio está en el mismo avión. Estoy en Madrid, en el apartamento de un amigo, calle Menéndez y Pelayo, he sufrido un accidente menor, me he caído de la bicicleta, me he roto el brazo derecho, y ella me llama para preguntar cómo estoy, y le cuento que estoy tomando diez antidepresivos diarios, y ella parece preocupada por mi salud. Estoy en José Ignacio, Uruguay, en su casa de campo, recuperándome de una delicada operación hepática, ella me ha prestado su chacra, una propiedad hermosa, con dos caseros uruguayos encantadores, y allí descanso y por las noches escucho su música, convocando la presencia de su ánima andariega y musical, la ninfa que va de pueblo en pueblo haciendo que lluevan flores en forma de canciones. Estamos juntos en su isla desierta en Bahamas, yo he fumado una hierba risueña, ella no parece contenta con su novio argentino, nos quedamos a solas ella y yo, él se va en un yate con un cantante español famoso, ella y yo decidimos volver a su casa, subimos a una avioneta precaria que zumba como un moscardón y tiembla como una chatarra que va a deshacerse en pedazos, y yo la tomo de la mano, le digo cosas suaves, amorosas, siento que la amo, siento que debo besarla, siento que debo decirle que no quiero ir solo a mi hotel, que quiero ir con ella, pero no me atrevo, no se lo digo, no intento besarla, algo me frena, me previene, me hace pensar que si intento seducirla estaré siendo desleal con su novio argentino, mi amigo, y quizás la incomode, o la ofenda, o la decepcione, y ella termine pensando que soy un amigo confianzudo, descomedido, alguien que quiere trepársele, montársele encima, qué vulgaridad. Junto con el momento inolvidable para mí de invitarla o no a salir juntos y ver Titanic hace exactamente veinte años, ese otro instante sagrado, el de besarla o no en la avioneta que sentíamos que se caía, marcó mi absoluto fracaso como pretendiente amoroso, y fui el típico enamorado ardiente y ensimismado que carece de valor para declarar su amor con todos los riesgos consiguientes. Aquellas fueron mis dos oportunidades y ambas las perdí para siempre. Por último estamos en su casa de Nassau, ella, su novio argentino y yo, y ella dice que quiere tener un hijo, ser madre, y su novio dice que no es el momento todavía, y ella se entristece profundamente y yo le digo que si algún día quiere tener un hijo y no encuentra al padre, yo me ofrezco con gran entusiasmo, tremendo honor sería, y su novio se ríe y ella me mira con cariño y siento que nos amamos de una manera extraña, indecible, tortuosa, como yo sigo amándola hasta el final de los tiempos.

Piqué, el futbolista catalán, que me parece guapísimo, un tipo estupendo, un ganador en toda la línea, un futbolista refinado para hablar, pensar y jugar, tuvo lo que yo nunca tuve: confianza en sus posibilidades, aplomo para arriesgarse y desbancar al novio argentino de quien ella ya no estaba enamorada, certeza de que poseía la hombría y la determinación para hacerla feliz (además, sospecho, de unas generosas dotaciones para el amor que sobrepasan largamente las mías). Yo, cuando he estado con una mujer, he soñado con un hombre, y cuando me he enredado con un hombre, he maliciado a una mujer, de modo que no soy completamente esto ni lo otro, sino una cosa incierta, imprecisa, esponjosa, una aguamala, una gelatina azucarada, empalagosa. Yo siempre termino lastimando a mis amantes, a mis parejas, a mis esposas y novios y amores imposibles, y quizás por eso no quise nunca decirle a Shakira cuánto la amaba, porque sabía, presentía, que terminaría lastimándola, y mi devoción por ella, por su talento, su inteligencia, su sensibilidad, su gran sentido del humor, me impidió, enhorabuena, robarle un beso y dejarle una herida, un disgusto, una cicatriz. Sin embargo, y a sabiendas de que nunca podremos besarnos ni amarnos, porque la maldición de los dioses iracundos caería sobre nosotros, estoy seguro de que la he amado desde que la conocí y de que seguiré amándola hasta el final de mis días, y por eso en sueños la convoco tan a menudo y le digo al oído, susurrando, derritiéndome, las cosas que nunca me atreví a decirle en la vida misma.