Los cubanos de la isla, obligados a estar tristes tras la muerte del dictador Fidel Castro, buscan decepcionados los restos de la persona que más influyó en sus vidas en las últimas seis décadas. Cuadros, medallas, flores, es todo lo que encuentran dentro de la cámara funeraria. El orquestado “último adiós del pueblo” deja el regusto de lo inconcluso. Hay funeral pero no hay ni tan siquiera cenizas.

Los cubanos de la isla esperan no solamente muchas horas en una larga fila bajo el inclemente sol para visitar la “cámara mortuoria” de Castro; pero a la hora de “idolatrar” al dictador caído lo que encuentran es una burla. Las plañideras oficiales sufren la última vejación.

En el país de los dos raseros, las dos caras y las dos monedas, no es sorprendente encontrar dos recintos funerarios para rendir tributo a una persona que se creó el mito de estar en cada una de las disparatadas tareas de la “revolución”. Le vieron, al menos en fotos, tras el asalto al Cuartel Moncada, saltando de un tanque durante los días de Bahía de Cochinos y cortando caña en la ruinosa zafra de los 10 millones. En esta ocasión, Castro no decepciona. Los cubanos se “despiden” también en fotos de quien le convirtió en sufridos protagonistas de uno de los mayores disparates sociales de la historia.

No lejos de donde lloran los cubanos, en un recinto privado en el Ministerio de las Fuerzas Armadas, la familia del dictador le rinde tributo. Allí sí están las cenizas en una urna sobre un pedestal. Raúl Castro quizás llora rodeado de sus generales y altos cargos del partido comunista, al final, los verdaderos y únicos beneficiados del castrismo.

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