Luego de unas elecciones presidenciales tan salpicadas de racismo y odio, no resultó difícil vislumbrar las divisiones y el temor que sirvieron como caldo de cultivo para reforzar la polarización sociopolítica en Estados Unidos.

Desde los ásperos llamados para encarcelar a Hillary Clinton o el pedido de medidas drásticas contra musulmanes, hasta el entusiasmo para deportar a millones de inmigrantes ilegales hispanos, todos fueron temas utilizados para provocar ardientes posiciones en la opinión pública que contribuyeron a fomentar prejuicios.

Sin embargo, el peor ejemplo se produjo por unos comentarios realizados por una empresaria en el condado de Clay descalificando la apariencia de la saliente Michelle Obama por el color de su piel, mientras daba la bienvenida a Melania Trump, como la clásica y hermosa primera dama de la Casa Blanca. Su lascivo comentario, fue sorpresivamente apoyado por el alcalde local.

¿Justifica la rudeza contra la esposa del aún presidente de Estados Unidos que la primera familia afroamericana en ocupar la casa presidencial sea reemplazada por una pareja blanca?

La primera dama Michelle Obama fue una de las pocas personas que sobrevivió a las elecciones con integridad, dignidad y popularidad propia. Incluso durante sus discursos en la campaña presidencial, además de verse fantástica, representó esa imagen inspiradora de un Estados Unidos multicultural, comprometido con la igualdad de oportunidades para blancos, negros, cristianos, musulmanes, hombres y mujeres, no como una prerrogativa, sino como un derecho.

Aunque afortunadamente luego del episodio vinieron las disculpas, aclarando que no había propósito racista, el aspecto preocupante es que haya quienes todavía puedan sentirse alentados para hacer críticas similares.

Ahora que entramos en una nueva etapa política, estas actitudes han provocado inquietud y consternación entre aquellos que creen en los valores éticos de una sociedad pluralista, inclusiva y tolerante, que al final es lo que le da sentido a la democracia.

Los comentarios realizados en el fragor de la campaña electoral no pueden ser entendidos como una licencia, para desplegar una animosidad negativa en base a la raza, creencias religiosas o culturas, porque las diferencias políticas se pueden dirimir en el terreno de las ideas pero nunca recurriendo a la descalificación personal.

Entre tanto, el nerviosismo aumenta a medida que Donald Trump sigue dando forma a su gabinete: El teniente general retirado Michael Flynn, nombrado ahora asesor de Seguridad Nacional, dijo en el pasado que la militancia islámica es una amenaza existencial para Estados Unidos, mientras el senador Jeff Sessions, el nombrado fiscal general bajo la administración Trump, es un conocido ultraconservador en temas de inmigración, opuesto al cierre de Guantánamo y a la celebración del matrimonio homosexual.

Muchos en Estados Unidos se inquietan ante la posibilidad de que el nuevo presidente y su equipo impongan una era de divisionismo conservador, en el que los comentarios, como el que salió del condado de Clay hace una semana, puedan extenderse a todo el país.

El exsecretario de Estado Henry Kissinger sostuvo hace poco que Trump se encuentra en una posición única, al haber conseguido la presidencia sin sellar pactos con ningún grupo y que era conveniente no acorralarlo y darle una oportunidad.

Tratar de cerrar las fisuras, sería un buen comienzo.

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