Cinco días en Vancouver
Vancouver parece una ciudad diseñada para los ciclistas y los peatones, y las mariposas y los cuervos, y los castores y las ardillas negras, en ese orden, y luego para los conductores de automóviles, que, pobres, deben detenerse resignados casi en cada esquina

Hacía muchos años, nueve para ser exactos, que no venía a Vancouver, British Columbia. Aquella vez vine a visitar a mi hermano, que se había instalado recientemente en la ciudad, y empezaba a conquistarla con dosis parejas de aplomo y arrojo. Ahora lo encuentro nuevamente en este lugar fascinante, de una luz arrobadora y un aire limpísimo, con los bosques y los parques más lindos que uno pueda imaginar, ya convertido en todo un canadiense, y, como es habitual en él, haciéndolo todo con una gran elegancia artística: las fotos de flores raras, los apuntes literarios, los regalos exóticos, los partidos de tenis en los que se mueve como pez en el agua, los recorridos en bicicleta por las sendas kilométricas de Stanley Park, al pie del mar.

Vancouver parece una ciudad diseñada para los ciclistas y los peatones, y las mariposas y los cuervos, y los castores y las ardillas negras, en ese orden, y luego para los conductores de automóviles, que, pobres, deben detenerse resignados casi en cada esquina. El problema es que no hay servicio de Uber ni Lyft, y a veces hay que esperar largamente a que llegue un taxi. Hoy, cuando me retiraba del hotel, tras cinco días en la ciudad, pedí un coche amplio que nos llevase al aeropuerto con nuestras seis voluminosas maletas, y el caballero de bigotito de mariachi que llamaba los taxis en el parqueo me dijo secamente, como si le hubiese pedido una carroza tirada por caballos:

-Si quiere una camioneta, tendrá que esperar una hora.

Tuvimos que acomodarnos, algo apiñados, en dos autos pequeños, de color naranja, y el trayecto al aeropuerto fue lento y serpenteando bastante, porque no hay en Vancouver grandes autopistas de muchos carriles, como uno encuentra en las principales metrópolis de los Estados Unidos, incluyendo aquella en la que vivo, Miami. Así como en Miami casi todo está escrito en inglés y también en un español a menudo chapucero, en Vancouver, además del inglés, uno lee, en las fachadas de los comercios y los anuncios publicitarios y los carteles de las casas en venta, toda suerte de lenguas asiáticas, principalmente mandarín, japonés y coreano. Los taxistas, sin embargo, suelen ser indios, pakistaníes y filipinos, muchos de ellos con turbantes blancos y despidiendo olores rancios, aunque también hay bastantes coreanos, malasios, camboyanos y vietnamitas, extrañamente apurados, que manejaban a toda prisa como si estuvieran en un videojuego del que dependían nuestras vidas. Para estar cerca de mi hermano y sus vastos talentos, nos alojamos en un hotel frente a la bahía y los yates, donde se celebraba una gran convención de chinos emprendedores, y a la hora del desayuno uno se sentía en Beijing, y como yo nací medio achinado y luego fumé muchas hierbas que me achinaron todavía más, bien pasaba como un chino gordito, mal hecho, contrahecho, mitad chino, mitad cholo. Fue inevitable recordar los dichos de Maradona:

-Los chinos son como las hormigas y los boludos: están en todas partes.

Como pasamos apenas cinco días en Vancouver, nos abstuvimos de visitar museos y tiendas, salvo el Art Gallery, donde vimos los cuadros alucinantes de Emily Carr, que vivió obsesionada con los árboles raros y centenarios que embellecen estos paisajes tan remotos, y nos dedicamos a pasear por el parque más deslumbrante de la ciudad, Stanley Park, bastante más grande que Central Park de Manhattan. Conviene hacerlo caminando y especialmente en bicicleta, pero nosotros lo hicimos andando y, a ratos, cortando camino en taxi, cuando por fin pasaba uno a la muerte de un obispo. Todas las mañanas nos perdíamos en ese parque gigantesco, buscando un árbol, un lago, un restaurante, un mirador, unos tótems, un acuario, un trencito, y a veces llegábamos a buen puerto, y otras cambiábamos de planes sobre la marcha. Los momentos más felices los pasamos, a no dudarlo, en la cancha de golf para principiantes, no tan grande como una cancha regular de golf, ni tan pequeña como un mini golfito, y mi esposa y yo nos batimos en duelos feroces, desalmados, de los que salí victorioso, aunque sudando la gota gorda. Los humanos somos así, básicos, predecibles, simiescos, y meter una pelotita en un hoyo, o una bola en un orificio, puede llegar a convertirse en un pasatiempo, y luego en un vicio, y finalmente en una obsesión, y hasta un estilo de vida, y de pronto todas las mañanas estábamos dándole a la pelotita blanca con nuestros palos de golf, y nos importaba tres carajos no conocer las montañas de Whistler ni la isla Victoria ni el museo de Antropología, si seremos bobos. ¡Qué placer fue jugar al golf, y ganar, en Stanley Park, con un clima fresco, agradable, nada parecido al bochorno insoportable de Miami en verano! Si uno puede, hay que huir del calor extremo de la costa este y pasar unos días en San Francisco, en Seattle, en Vancouver, donde el calor no pesa ni agrede ni aturde como en Miami, y donde no hay mosquitos dondequiera que uno vaya, como los que abundan estos meses en el jardín de mi casa.

Dado que le gané consistentemente a mi esposa jugando al golf, ella exigió que fuésemos a jugar bolos de noche, porque suponía, y no se equivocó, que se cobraría la revancha y me derrotaría al punto de humillarme. ¡Había olvidado lo divertido que era jugar a los bolos! Pasamos tres horas, hasta bien entrada la madrugada, sudando como posesos, y nuestra hija dio unos saltos eufóricos cuando logró derribar los bolos, y mi esposa me ganó tres juegos seguidos, de una hora cada uno, y yo aduje que había perdido por una lesión en el brazo y otra en la rodilla, derivadas ambas de accidentes esquiando en la nieve, pero la verdad, me cuesta reconocerlo, es que ella casi siempre me gana en los juegos deportivos, y los bolos no fueron la excepción, y si nos fuimos fue porque cerraron el establecimiento y el gerente oriental nos echó amablemente, pues yo quería seguir hasta ganar un juego. ¿Tenía sentido volar cinco horas de Miami a Los Ángeles, y luego tres más a Vancouver, para terminar jugando al golf y a los bolos, algo que bien podríamos haber hecho en Miami? Sí, claro que tenía sentido: queríamos visitar a mi hermano canadiense; huir del calor insoportable de Miami; romper la rutina de las malas noticias políticas; y divertirnos haciendo cosas de niños, que son las que más divierten a nuestra hija de seis años.

Todas las tardes a las dos en punto, en medio de unos días tan soleados que parecían cinematográficos, pues las vistas desde los miradores de Stanley Park eran de película, nos presentábamos en un restaurante en el corazón mismo del parque, The Teahouse, un secreto bien guardado que conocí gracias a mi hermano, y las encantadoras chicas colombianas, Vanessa y Daniela, nos acomodaban en la mesa esquinada de siempre, y, mientras nuestra hija dormía una larga siesta de hora y media, nos dábamos un banquete de quesos, salmones y atunes, al diablo la dieta, ya recuperaremos la línea de vuelta en Miami, y entre cervezas, vinos y cafés, convocábamos el amor y lo reinventábamos con solo mirarnos y reírnos. Luego yo sudaba copiosamente media hora en el gimnasio del hotel, pero no me he atrevido a pesarme porque sé que me voy de Vancouver más gordito que cuando llegué, pero gordito y feliz, eso sí. Ayer mi hermano nos llevó a una heladería y me permití hacer algo que no había hecho en meses: comer un helado de chocolate y fresa, y fue la gloria. Mucho me temo que moriré gordito, intoxicado de azúcar, rollizo como un gato consentido, tal es mi destino heroico, ejemplar.

Cerca del hotel, en la calle Robson, a un paso del Whole Foods, mi esposa encontró una tienda donde vendían cannabis de distintas procedencias y de formas fumables y comestibles. No lo fumamos, desde luego, pero compramos muchas galletas de cannabis para humanos y para mascotas, y yo pienso comérmelas todas, incluso las de perros y gatos (que no sabía que existían, si serán relajados estos canadienses), cuando lleguemos a casa, o un par de ellas en el vuelo de Los Ángeles a Miami, que, siendo un 777 muy confortable, se hace largo de todos modos, cinco horas y media. Pienso que pasarán muchos años más para volver a Vancouver: antes queremos ir a San Francisco, a Seattle, a Maui. Ahora estamos en el vuelo de regreso a Los Ángeles, donde pasaremos un par de noches, y me viene a la mente la célebre frase de Mark Twain, que nos trajo a estas costas:

-El invierno más frío que pasé en mi vida fue un verano en San Francisco.

Lo que bien podría decirse de Vancouver, por supuesto. Los inviernos en Miami, los veranos en Vancouver o San Francisco, tal parece ser la clave meteorológica de la felicidad.