No puedo sustraer de mi mente la historia del bombero lesionado por un disparo, en medio del caos y la balacera, rescatando heridos durante la masacre en Las Vegas. Esa y numerosas otras anécdotas, de similar valor heroico, encarnan la fibra humana que hace grande este país. Lástima que tengamos que averiguarlo en una circunstancia contra natura, dictada por el odio, la intolerancia y la demencia.

He escuchado decir, numerosas veces, que el derecho de portar armas, sobre todo entre las personas buenas, evita los desatinos de los malos. Las últimas matanzas públicas en los Estados Unidos, sin embargo, no contribuyen con dicho argumento. Los asesinos liquidan a sus víctimas, indiscriminadamente, hasta que llegan los oficiales del orden. Las armas, sobre todo las que son apropiadas para una guerra, aquellas que no debieran ser autorizadas, siguen y, lamentablemente, parece que continuarán en manos erráticas.

Ahora, después de los funerales, cuando sepamos quiénes son los fallecidos, y la prensa termine de referir en detalle otras historias heroicas, que impidieron más muertes, como la del hispano Jesús Campos, guardia de seguridad en el hotel Mandalay Bay, quien fuera el primero en llegar a la habitación del criminal y recibiera un tiro en una pierna, lo cual no le impidió conducir a los agentes del orden a la nefasta guarida, con una rapidez asombrosa, comenzará la operación del olvido, hasta tanto ocurra la próxima matanza.

Es hora de poner coto a la demencia. Numerosas personas, entre las cuales figuro, por supuesto, no estamos pidiendo mucho: impedir, por ley, el acceso a las armas automáticas o a cualquier otro aditamento que transforme de tal modo a las que no lo son.

Y resulta terrible lo que voy a decir, habrá, tal vez unos pocos muertos en cada incidente por venir y no más de cincuenta, con cerca de 500 heridos como ha ocurrido en esta ocasión, donde el autor contó con la capacidad de una regadera de balas.

¿Cuántas familias destrozadas más, de americanos laboriosos y altruistas, repletos de sueños y esperanzas, como los desaparecidos durante el horror de La Vegas, se necesitan para que la burocracia gubernamental considere alguna legislación que haga regresar el sentido común a nuestras famosas ciudades y tranquilos vecindarios?

Después del crimen en Pulse, de Orlando, tuve la esperanza de no volver a escribir sobre el tema. Me duele mucho hacerlo otra vez, pero tengo la obligación moral y ciudadana, como educador, de hacer un reclamo a las instancias que pueden intervenir para modificar la debacle.

Creo que todos nos merecemos un mundo mejor, donde cierto tipo de armas no estén en las manos equivocadas. Es también, un reclamo contra el olvido.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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