Las crisis forman parte de nuestra existencia, aunque no se pueda decir que sea la porción más agradable. Todo parece que va sobre ruedas cuando, en 2008, el sistema financiero se ve arrastrado al borde del abismo y se lleva por delante los ahorros y la casa. El fin de semana parece que será tranquilo y soleado y, repentinamente, un huracán aniquila no sólo los momentos de diversión sino las vidas y las haciendas.

Sí, aunque no nos agrade, la crisis puede aparecer en los momentos menos inesperados y tener efectos devastadores en nuestras existencias. Puedo tenerlos… o no.

Precisamente así queda de manifiesto el último libro de Julio Ligorría. Conocí a este más que notable guatemalteco hace ya algunos años. Sucedió precisamente en una de las universidades del sur de la Florida, donde ambos habíamos sido invitados para participar, como ponentes, en un congreso relacionado con las más que diversas e inquietantes problemáticas hispanoamericanas. La diferencia, sin embargo, entre nosotros dos resultaba innegable.

Mientras que mi exposición discurrió más por el terreno del análisis histórico, en busca de las raíces de crisis históricas, Ligorría se centró en cuestiones eminentemente prácticas. En otras palabras, se adentró en los problemas, convencido de que tenían solución. He recordado aquel episodio –primer encuentro de otros muchos rezumantes de la inteligencia y la perspicacia de Ligorría– al leer estos días su libro Crisis. La administración de lo inesperado.

Ligorría es mucho más que un teórico. De hecho, tiene una envidiable trayectoria de más de tres décadas como gestor de crisis y en su haber se halla el haber recuperado más de siete mil quinientos millones de dólares de sus clientes.

Ha asesorado a distintos gobiernos de América y, en algún momento –lo sé de manera directa– fue considerado por Washington como el embajador modelo. A juzgar por sus numerosos logros, no creo que semejante aserto fuera una exageración. De ahí lo interesante de leer su libro en el que delimita una crisis y como ésta, casi por definición, se define por su carácter inesperado.

Sí, hay gente que anuncia las crisis, pero, por regla general, éstas caen sobre nuestras cabezas y no suelen sorprendernos en la mejor disposición.

Sin embargo, semejante circunstancia no significa que tengan que derrotarnos. Tenemos posibilidades de resolver una crisis –y cito sólo algunos de los casos que aparecen en el libro- tanto en los supuestos en los que el pasado descubierto amenaza con arruinar una carrera política -¿les suena familiar estos días?- como cuando un gobierno sufre las presiones de poderes económicos o una amenaza tecnológica enfrenta a la administración con lo desconocido o se produce un elevado número de muertos.

Enfrentarse con las crisis requiere, como extraer una muela o reparar un automóvil, un conocimiento del tema y de la metodología para enfrentarse con ella. No debería provocarnos quizá más inquietud que someternos a una operación de apendicitis o resolver una ecuación.

Sin embargo, exige siempre a alguien que conozca a fondo la situación con la que hay que lidiar, que cuente con bien probada experiencia y que domine la senda de la solución. En otras palabras, si hay crisis, llamen a Ligorría.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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